|
opimión |
|
|
SER
ES ESTAR SONANDO O CÓMO LA PERSONA CONSISTE EN PERLOCUTARSE. (Apuntes des-astrológicos
cuando es el desastre que habla) “Al coro ditirámbico
le incumbe, de ahora en adelante, llevar al espíritu de los oyentes
a un tal estado de exaltación dionisiaca, que, cuando aparece en
escena el héroe trágico, no ven, como pudiera creerse, un hombre
con el rostro cubierto por una máscara informe, sino más bien una
imagen de visión, nacida, por decirlo así, de su propio éxtasis.” F. Nietzsche, El espíritu de la música, origen de la Tragedia, Aguilar, Madrid, 1932 pág.62 1. Donde se explica por qué
el pabellón de la oreja es un mimo, o sea la descripción de un rito
incognoscible. El oído: las condiciones de escucha de sí mismo, el transtornado, el que consiste en la embriaguez que lleva su
nombre. La resonancia que es la
persona, o sea que la percepción del drama –en las (re)presentaciones
de la tragedia tal como surgió en la Grecia clásica– era inducida
acústicamente, mediante la sonorización de una atmósfera, la musicalización
de un espacio hecho de vibraciones, gestos que solo se entienden
cuando producen alteraciones auditivas, al conmover la masa de aire
circundante, proporcionando así al medio de propagación un estímulo
compulsivo. Los oyentes son
simultáneamente el decorado sobre el que se desarrolla la acción,
la acción misma y el auditorio
–tan predispuesto para la escucha– (y tan persuasivo respecto a
la identidad personal que se desdibuja). 2. Donde se explica porqué emborronarse
consiste en emborracharse. Elementos del desdibujamiento
(como cambios en los patrones de escucha) del yo: La embriaguez,
el zumo de la vid luego de que la fermentación lo ha sacralizado
(haciendo el deus ex machina sobre un líquido violáceo,
una hierofanía en uvas tan destripadas),
los ritornelos en la garganta de sátiros, la nocturnidad y la máscara. Lo que veían los circunstantes en la tragedia antigua era
precisamente su doble,
entendido como la imago
de cada uno del otro lado del espejo: bajo la Narcosis de Narciso,
una flor usada para el dolor de oído, como si toda la
piel fuera un tímpano, amodorrada al contemplar la silueta de lo
inclasificable: Narciso es el sueño de su rostro tan afectado. 3. Donde se muestra
que los acordes del ditirambo son acordeones (di)tiritando. La imagen de sí como alucinación, hecha de éxtasis, temblorosa,
compuesta por velocidades de un frenesí creciente, nervioso. De
allí la asunción de otro carácter, de otra personalidad
como personoridad,
otra manera de oír(se); entre los gritos (las ménades convulsivas),
la glosolalia como multilalia: muchas
voces yuxtapuestas, en una imbricación rítmica desmedida, como en
un teatro de caracteres hinchados, delirantes. El sentido de las
fonaciones aturde, su significado es un melodrama, la forma de sus
compases ondulatorios, el campo semántico es el campo se–mántrico:
guturaciones como dislocaciones en las
armonías respiratorias, cortocircuitos del aliento en las sinusoides,
rizos de risas estranguladas, realidades no–nucleadas (provistas de un centro fijo)
sino bucleadas,
enroscadas en sinusoides, el feedback
loop de un arte dramático sicotrópico, que hipnotiza,
catapultando estados giratorios de la consciencia, torbellinescos
planos sensibles, agitaciones mnémicas (se recuerda solo por discordancia).
Ése es el sicodrama, se entiende a partir del entremezclamiento
melódico de vectores de sensibilización paradójicos, el registro
de ésta experiencia solo es posible sobre el olvido como circunstancia
consolidante, el lapsus constituyente,
etc. 4. Donde por fin
se insinúa algo absurdo –señalando que así no era–. De allí la emergencia del otro, la aparición del doble
como fantasma, su presencia como ectoplasma es una nube-murmullo,
un batiburrillo de susurros apenas contenidos tras una membrana
como superficie reflejante, percutante: se trata de golpes alucinógenos, cantinelas, estribillos
que a la vez que propician la fuga re-territorializan
cánticos momentáneos. Una barahúnda tras la cual la idea de un “yo”
estable se desvanece, del sujeto queda danzarlo, generarlo a partir
de síntesis auditivas divergentes, de-éter-gentes, sobre la transfiguración
del/en cabrón como criterio expresivo reinante, por eso es que la
persona se crea según un montaje de personemas –los personajes son sonajeros–,partículas de una helicoide chillante: crujidos, viscosidades en velocidades de atembamiento, todo mientras el poder de la voz performa un proscenio excesivo, las maneras de ordenar los
acontecimientos sonoros de tal suerte que se hagan insoportables,
no con la cadencia de un nombre propio, menos bajo un régimen de
discurso sobre uno mismo, más bien se trata de un tratamiento teátrico
(de ática la tragedia) como un arte articulatorio de tétricas te-atracciones,
la perlocución pernoctante, cigarras,
iteraciones de altero-mímesis, y así hasta
que el vocabulario es hastío, lo que hace del histrionismo la histeria:
aullidos, desgañitamiento, enronquecimiento
de lo que parece inaudible, luego se aquieta de la maqueta el sentido,
donde se le ocurra que sea posible se asusta, por eso quizá el desastre
tras la ruptura no existe, si sigue siendo así como se dice que
ríe. |
|
opinión |
|