opinión

Crisol

por David Valencia Villamizar

1. La necesidad de apurarse, en el crisol por lo menos muchas veces, ininterrumpidamente, un coeficiente de aceleración creciente, ascensional, así parezca ralentizarse, en el alambique por acción de fuego se suscitan movimientos rápidos, porque apurarse es demorar el proceso, la catarsis toma su tiempo, sin afán, purificarse consiste en volver a purificarse, reintroducir en el atanor la materia prima, someterla a temperaturas mutágenas, incandescencias congelantes, cristalizaciones en magmas de cinco puntas, volverse puro, volver a serlo, de nuevo, el intento de librarse de los pecados, las mancillas, elementos de pesadez, aligerar el cuerpo, sutilizarlo, pero necesariamente hay que repetir el intento, limpiarse es estarse limpiando todos los días, aseándose a toda hora, cuidando de sí ininterrumpidamente, verificando el protocolo, auto controlándose sin pausa, remitiéndose a un orden de prescripciones preciso, a una manera de montar en el laboratorio el plan del experimento, elaborarlo varias veces, estar siempre fabricándolo, en obra negra, reiterarse, tantas como sea necesario, ejercitarse, apurarse haciéndolo, pasando por la retorta y los aparatos mistificantes, de la máquina célibe al mecanismo de la novia suspendida, someterse a toda clase de cambios, mutaciones en el estado de la materia, hasta que el cuerpo se vuelva llama, el crisol era el cuerpo mismo, el combustible y la acción del fuego, el sagrado corazón inflamado, encendido por sí mismo, resplandeciente, el cuerpo siempre está auto consumiéndose, al quemar mediante el oxígeno compuestos químicos enlazados, y así desatar su energeia, convertir en un estallido lo que antes era una concatenación de elementos estable, en cualquier parte del cuerpo, en el metabolismo de todas las células, más allá de la supuesta centralización del proceso en los pulmones, las vías respiratorias, lo que cambia es la escala, pero la síntesis energética ocurre simultáneamente en todas partes, de ahí el aura del cuerpo luminoso, enceguece, ha devenido imperceptible, nadie la nota y encandila, luego de un interminable proceso depurativo, curarse toda la vida, estar siempre en el camino de la pureza (la pureza es siempre momentánea), la búsqueda ascencional (para recobrar las alas), quitarse de encima al espíritu de la pesadez, cualquier cosa que lastre, que pretenda uniformizar, fijar en un territorio, por eso hay que darse prisa, ingerir esos fármacos, rápidamente cuando la aceleración es un efecto óptico, una simulación de velocidad, crear de la celeridad una apariencia (y así variar la esencia que viene a ser una derivada), afanarse a cambiar la máscara, por rozamiento producir la chispa luminiscente, conflagrarse, repetidamente quemarse, ondular con todo el cuerpo, arder de ganas, calentarse, repetir el procedimiento por lo menos muchas veces, o nunca a cada momento intentarlo.

 

2. Por eso hay que darse prisa, para no dejarse alcanzar por el aparato de captura identificante, más veloz por situarse en los intersticios, no como parte de un movimiento uniformemente acelerado, sono por un movimiento Browniano incesante, esquizodínamis de un salto incontrolable, para estar siempre en otra parte, ingerir ese fármaco, el amor ex-maquínico, como problema de velocidad, acelerarse esperando, acechando, poniéndose en movimiento ultra-rápido, como hay muchos más fotogramas por segundo el gesto tiende a verse más lento, el ventilador a parecer inmóvil, las aspas a aquietarse, pero "no os aconsejo que metas allí los dedos", el corte sería instantáneo, el desencadenamiento aniquilante, mortífero, un poder contenido que así se desborda, la histeria que es el cuerpo, el grito encerrado se-sale, exteriorizando al famoso Doble, al (lo) Otro, de manera súbita a partir de una simple gota, pero era la rebosante, la que poseía la quintaesencia, el principio activo, la virtualidad de generar un cuerpo, de hacerse un cuerpo de luz, pero hay que apurarse, no pretender que se tiene todo el tiempo del mundo, porque así es que hay que afanar el paso, la consejera advierte sobre el preciosismo de cada instante, la muerte que otorga el tiempo, o el tiempo de dar la muerte, no dejar nada para más tarde porque también el más tarde es ahora, veloz como un rayo, fulminantemente, ya que no habrá otra oportunidad, "no sobre esta tierra", de allí la urgencia del Kairós, la habilidad de agarrar en el aire lo que se-dice, no más rápido en realidad, sino al mismo tiempo infinito, igual sabía que que todo es adecuado, siempre.

 

3. Los elementos de conjunción cuando se requieren ciertas palabras para lograrla, embeberse en la vía (apurarse el contenido de un solo golpe), conociendo los pasos en un único momento pánico, el de la caída o el de la idea del viaje, (un mapa que de un vistazo es todos los recorridos posibles), el instante del corrimiento, del clímax  o la nostalgia , hay que saber ejecutar los pasos, hablarse de lo que ocurre cuando no pasa (por estar en el ápice momentáneo, en la pura inmediatez de lo sustraído al paso del tiempo), conocimiento por (el salto a) los abismos, cuando se desposeen los saberes no alígeros, datados como compilación farragosa, o acumulados de información asfixiante, saber viajar es deshacerse de esos catálogos de indicaciones, echarlos por la borda, ilímitarlos, alzar el vuelo con la menor cantidad de conocimiento posible, sin peso alguno, y en el borde saberlo todo, por ausencia de un discurso que organice las contraseñas, los sigilos imprescindibles, emprender ligero la travesía, otra vez apurarse, lograr el ritmo, la velocidad conveniente en que fluyen los fotogramas, montados en un rompecabezas que sirve, porque se sigue infinitesimalmente quebrando, ése es el ritornelo, el inacabable, la eufonización de las partes al desquiciarlas.  

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