|
opinión
|
|
|
1. La necesidad de apurarse,
en el crisol por lo menos muchas veces,
ininterrumpidamente, un coeficiente de aceleración creciente,
ascensional, así parezca ralentizarse, en el alambique por acción
de fuego se suscitan movimientos rápidos, porque apurarse es demorar el proceso, la catarsis toma su tiempo,
sin afán, purificarse consiste en volver a purificarse, reintroducir
en el atanor la materia prima, someterla a temperaturas mutágenas,
incandescencias congelantes, cristalizaciones en magmas de cinco
puntas, volverse puro, volver a serlo, de nuevo,
el intento de librarse de los pecados, las mancillas, elementos
de pesadez, aligerar el cuerpo, sutilizarlo, pero necesariamente
hay que repetir el intento, limpiarse es estarse limpiando todos
los días, aseándose a toda hora, cuidando de sí ininterrumpidamente,
verificando el protocolo, auto controlándose sin pausa, remitiéndose
a un orden de prescripciones preciso, a una manera de montar en
el laboratorio el plan del experimento, elaborarlo varias veces,
estar siempre fabricándolo, en obra negra, reiterarse, tantas
como sea necesario, ejercitarse, apurarse haciéndolo, pasando
por la retorta y los aparatos mistificantes,
de la máquina célibe al mecanismo de la novia suspendida, someterse
a toda clase de cambios, mutaciones en el estado de la materia,
hasta que el cuerpo se vuelva llama, el crisol era el cuerpo mismo,
el combustible y la acción del fuego, el sagrado corazón inflamado,
encendido por sí mismo, resplandeciente, el cuerpo siempre está
auto consumiéndose, al quemar mediante el oxígeno compuestos químicos
enlazados, y así desatar su energeia, convertir en un estallido lo que antes era una concatenación
de elementos estable, en cualquier parte del cuerpo, en el metabolismo
de todas las células, más allá de la supuesta centralización del
proceso en los pulmones, las vías respiratorias, lo que cambia
es la escala, pero la síntesis energética ocurre simultáneamente
en todas partes, de ahí el aura del cuerpo luminoso, enceguece,
ha devenido imperceptible, nadie la nota y encandila, luego de
un interminable proceso depurativo, curarse toda la vida, estar
siempre en el camino de la pureza (la pureza es siempre momentánea), la búsqueda ascencional (para recobrar las alas), quitarse de encima al
espíritu de la pesadez, cualquier cosa que lastre, que pretenda
uniformizar, fijar en un territorio, por eso hay que darse prisa,
ingerir esos fármacos, rápidamente cuando la aceleración es un
efecto óptico, una simulación de velocidad, crear de la celeridad
una apariencia (y así variar la esencia que viene a ser una derivada),
afanarse a cambiar la máscara, por rozamiento producir la chispa
luminiscente, conflagrarse, repetidamente quemarse, ondular con
todo el cuerpo, arder de ganas, calentarse, repetir el procedimiento
por lo menos muchas veces, o nunca a cada momento intentarlo. 2. Por eso hay que darse prisa, para no dejarse alcanzar por el aparato
de captura identificante, más veloz
por situarse en los intersticios, no como parte de un movimiento
uniformemente acelerado, sono por un movimiento Browniano incesante, esquizodínamis de un salto incontrolable, para estar siempre
en otra parte, ingerir ese fármaco, el amor ex-maquínico, como problema de velocidad,
acelerarse esperando, acechando, poniéndose en movimiento ultra-rápido,
como hay muchos más fotogramas por segundo el gesto tiende a verse
más lento, el ventilador a parecer inmóvil, las aspas a aquietarse,
pero "no os aconsejo que metas allí los dedos", el corte
sería instantáneo, el desencadenamiento aniquilante, mortífero,
un poder contenido que así se desborda, la histeria que es el
cuerpo, el grito encerrado se-sale, exteriorizando al famoso Doble,
al (lo) Otro, de manera súbita a partir de una simple gota, pero
era la rebosante, la que poseía la quintaesencia, el principio
activo, la
virtualidad de generar un cuerpo, de hacerse un cuerpo de luz, pero hay que
apurarse, no pretender que se tiene todo el tiempo del mundo,
porque así es que hay que afanar el paso, la consejera advierte
sobre el preciosismo de cada instante, la muerte que otorga el
tiempo, o el tiempo de dar la muerte, no dejar nada para más tarde
porque también el más tarde es ahora, veloz como un rayo, fulminantemente,
ya que no habrá otra oportunidad, "no sobre esta tierra", de allí la urgencia
del Kairós, la habilidad de agarrar en el aire lo que se-dice,
no más rápido en realidad, sino al mismo tiempo infinito, igual
sabía que que todo es adecuado, siempre. 3. Los elementos de conjunción cuando se requieren ciertas palabras para
lograrla, embeberse en la vía (apurarse el contenido de un solo golpe), conociendo los pasos en
un único momento pánico, el de la caída o el de la idea del viaje,
(un mapa que de un vistazo es todos los recorridos posibles),
el instante del corrimiento, del clímax o la nostalgia ,
hay que saber ejecutar los pasos, hablarse de lo que ocurre cuando
no pasa (por estar en el ápice momentáneo, en la pura inmediatez
de lo sustraído al paso del tiempo), conocimiento por (el salto
a) los abismos, cuando se desposeen los saberes
no alígeros, datados como compilación farragosa, o acumulados
de información asfixiante, saber viajar es deshacerse de esos
catálogos de indicaciones, echarlos por la borda, ilímitarlos,
alzar el vuelo con la menor cantidad de conocimiento posible,
sin peso alguno, y en el borde saberlo todo, por ausencia
de un discurso que organice las contraseñas, los sigilos imprescindibles, emprender ligero la travesía, otra vez apurarse, lograr
el ritmo, la velocidad conveniente en que fluyen los fotogramas,
montados en un rompecabezas que sirve, porque se sigue infinitesimalmente
quebrando, ése es el ritornelo, el inacabable, la eufonización
de las partes al desquiciarlas. |
|
opinión |
|