ensayo

MIL INICIADOS

Somatopolíticas de Álvaro Restrepo *      

-Y PICO

   Pico robusto. Ojo vertical y solitario. Máxime cuando llora, el ojo equilibrista pule la pena con papel de lija y fijeza de faraón alelado.   

   Periquillo (archidiminutivo, al ser ya Perico diminutivo de Pero o Pedro) a veces tiene uñas de ave trepadora. Pero no trepa por ninguna percha. Tampoco agarra algo en particular, ni siquiera el sombrero, apenas colgado de la uña. A no ser riendas de borrico, andas de carretilla o cabezas destroncadas en general. Porque, eso sí, cargar carga a destajo - empezando por la enormidad del pico y su misterio de picardía pueril.

 

   Caso aproximadamente excepcional : acabo de ver ambos ojos del que anda recogido en sí mismo mientras pulsa la diagonal que separa estrellas y nubes, la cabeza inclinada hacia el doble cruce de las extremidades, brazo derecho sobre el izquierdo, pierna derecha sobre la izquierda. La costura de la mandíbula superior le parte el rostro en mitades exactas, a riesgo de confundir aberturas nasales con ojos puntiformes y ojos saltones con auriculares hirsutos.

   Se adivinan los ojos por las pestañas, casi púas de erizos sobresaliendo del perfil de otro pico, igualmente dividido pero con la punta hacia arriba, sobre la garganta tiesa del bailarín que,  en contraste con el encogido de cabeza gacha, desata brazos y piernas hasta rozar el límite superior del escenario mientras por impulso de grand jeté tijeretea el cosmos, así como la diagonal lo taja dejando de un lado estrellas de cinco vértices cumpliditos, del otro un rebaño de nubecillas (abundarán los diminutivos, caribeños o andinos, infestarán estos renglones en nombre de la humildad que nunca echó encajes de Lezama Lima contra  liendres de Arguedas a la conquista de la minucia más amada, pues de eso se trata, de la palmaria renuncia  del homo humus a las pompas de la primacía : de La Habana al Cuzco la volada o trote de lo ínfimo es el poder del  desposeído, la fuerza del débil, no querida, jamás ansiada), el todo comprendido a medias por el inconcluso marco del tablado, ángulo abierto en escuadra que una hilera de lunares o agujeros desdobla rítmicamente, tan meticulosos cuanto los puntos sobre los ojos de los otros tres bailarines, a manera de cejas en cierne.

   Por su franja de candilejas cada ojo titila y se excede como escenario inscrito y desbordado en el escenario celeste.       

   Un Periquillo de pico remiso y calzados de puntas convergentes está parado sobre una mesita ovalada, de patas con rodachines.

   Otra falta a la supuesta norma de la mirada frontal (lo que tamaña timidez de hecho refuta es la pelea de excepción y ley) : curvas de globos oculares y rayitos de pestañas se perfilan a cada lado del pico cortado por la línea del medio (Spaltung diría el  maldito psicólogo), mientras la cabeza se le prolonga en un gorro que también es elíptico, como si una sola órbita incluyera bonete y rostro.  

    En la uña retiene la cuerda colgante de un globo volador, a no ser  cometa del género “papagayo” cuyo rabo suele ser una tira larga de trapo, aquí substituido por un doble despliegue de crines ondulantes o retorcidas varillas de antiguo abanico llamado “pericón”. Si no fuera por el párpado, la pupila y el iris. Porque la farola enlazada es también ojo horizontal, pestañas sus velas de filamentos simétricos.

   El lazo marca por ende un flujo de llanto que contradice la discreción de la seira, “cuerda” y “serie” a la vez, capaz de conectar erráticamente superior e inferior, cuando no trastocarlos.         

   Saturan el cielo nubes idénticas, distribuidas con paciencia de empapelado, de manera que el extremo de cada pata de la tarima rodante (spot convertido en mueble orbital) anda metido, por no decir se apoya, en su propio coágulo de vapor.

   Salvo de los cuatro sobre los que rueda silenciosamente la mesa, de cada borreguillo brota una sola gota, lágrimas a juzgar por las que se ordenan de igual forma a partir de tantos ojos en otros tantos teatros de pesadumbre flotante.

   Quizás queden suficientes para lavar la tacha de la cita de una cita de una cita, su indigna gravedad recaída : Rosemary Jeanes Antze recuerda las palabras de Nana Kasar, guru heredero de la tradición del Bharata Natyam quien a su vez, para ilustrar a sus discípulos la destilación de la enseñanza, evoca las de Ñadasa, maestro de la corte real, uno de los personajes del Malivikagnimitra de Kalidasa : “La habilidad del maestro, cuando es transmitida a un objeto digno, alcanza una excelencia mayor, como el agua de una nube, caída en una concha, adquiere naturaleza de  perla.”

   ¿Qué clase de liviandad ha de ser la del maestro para que se le compare con una nube cargada de lluvia ? 

   La bóveda teatral puede decorarla directamente el lagrimeo, sin intermediario aparente, en orden tan bucólico como el de nubes que balan.

   Pues recata dimensiones muy íntimas el mundo supuesto y traspuesto : backstage hasta el tuétano, secreto enconchado, el firmamento se interna, estando ya su casa - alcoba somática, camarín de carne zodiacal - sosegada.    

   Tiene piel de estrellas entonces el borrico del Universo.

   Inclina al suelo el hocico así como baja el pico el Periquillo de brazos cruzados,  el mismo de antes que ha preferido sentarse.

   Con razón lo inclina : lleva una catedral sobre el  lomo y le traspasan el costado las andas de la calesa atestada de lápidas funerarias y respectivas cruces, necrópolis selecta, no tan distinta del ramillete de rascacielos turísticos y relativas palmeras de pent house que más arriba agobia a una mula de la misma recua.  

   El borrico levanta una suerte de conducto interrogativo encorvado sobre las tumbas, erguido hasta alcanzar las tejas del templo, demasiado desafiante para una mera cola. A menos que tan sólo a la altura de un apéndice de burro se cuestione el cementerio

 

   La gran diagonal penetra la copa del sombrero colgado de la uña. El bastón engarzado en la otra prolonga la perpendicular salida de la prenda.

   El segundo Periquillo, un poco más alto, aguza los codos y aprieta los puños sobre el vientre. Lleva birreta.

   Se enfrentan los picos del laico obsequioso y del clérigo autoritario. La contera del bastón en el medio. 

   El tercero no tiene porqué quitarse el sombrero destinado a escurrirse por el tobogán del pico. Se aleja dando la espalda a los congéneres. Lejos de los sermones, sigue su calvario de mascota jalando el rickshaw de un microcosmos que, para la ocasión, contempla iglesia y campanario, casa, palmera, vaquita, potrero, estrellas que zumban y luna menguante.

   La curva del abdomen replica y amplía la del pico, apretada y dividida a su vez por la faja en que se prolongan las andas.  

 

    “Como la voz seguía repitiendo ‘Robin Crusoe, Robin Crusoe’, al fin comencé a despertar más a fondo, y al principio me asusté terriblemente, y me levanté de inmediato sumido en la máxima consternación (...) aunque supiera que se trataba del loro, y que por cierto no podía ser  nadie más, me  demoré  un  buen  rato antes  de  lograr  componerme

-before I could compose myself”. 

    La lección demasiado bien aprendida sumerge en pánico al que ya se la redijo pacientemente para inculcarla a conciencia, instructor perseguido por el temor a ser enterrado vivo como quien no alcanza a derretir la confusión de sueño y vigilia, grano por grano de alpiste en la rendija del pico de lo absolutamente Otro, mar, fiera, caníbal, lector, público...

   Regaladas flauta y caja de música a la polaridad de artesano y obrero especializado reconocida por Marx, ya desbordada por Benjamin como dilatación de experiencia y contracción del aquel automatismo que por igual distingue al empedernido jugador de azar y al transeúnte metropolitano, en el traslapo de Übung de Tamino y Dressur de Papageno, la roca herida por el estilicidio es la derrelicta avecilla doméstica en que primero se ha convertido quien se supone que sepa, Sarastro iniciado.

   Bromas pesadas de la iterabilidad : partida la línea de partición que distingue prueba iniciática y adiestramiento bestial, para que brille más allá de lo repetible la hondura ha de acoger el chance del más acá de la enseñanza con la condescendencia de lo que más carece de mundo, atónita bestezuela, vulgar alcancía sabichata, nonada emplumada...

   Por la disposición al quiebre de la compostura o de la composición de sí, no sólo se cruzan maestro y discípulo, sino también autor y obra.

   Es así como, reflexionando casi simultáneamente alrededor de los procesos de autodestrucción depresiva, el duelo, el aburrimiento y las técnicas de oración según Rousseau, Heidegger y Daniel Defoe, durante una de las sesiones del seminario La bestia y el soberano, Derrida se refirió  al “psitacismo mecánico de la autoapelación” cuyo emblema es aquel “honest Poll” que despierta y asusta al ermitaño : “Tous les livres sont des perroquets.”    

   Un par de semanas más tarde modificaría apenas la misma definición : “Un livre est un mort vivant.

 

   Definitivamente (y quizás a eso se reduzca la influencia luctuosa como inercia de lo definitivo, fatalidad considerada o siderata) las estrellas son ojos.

  

   A espaldas del Periquillo alpinista el borrico carga un aparato televisivo de cuernos en V.  Se expande por el cuerpo de la bestia el polvo de pixeles que posee la pantalla. 

   Ha llegado al borde. Extiende la mano hacia el firmamento vanamente vigilante, desplegado en cola de pavo irreal. La otra sostiene la rienda que se encorva.

   Curva es también la línea del borde. En otras circunstancias el límite del vacío cae en ángulo de peldaño abismal, cortado a pico.

   Un poco más allá, al huir de un chiflón de balas y flechas, queda en el aire. Un tris más acá se mantiene con relativa tranquilidad botando estrellas a manotadas, sacadas del bolsillo, un canasto o una de esas vasijas que los ancianos atesoran bajo la cama. Evacua luminarias.   

  La vacuidad puede abrirse por delante en línea recta (el índice tieso solicita el enigmático camino a seguir o a no seguir, en su falta una señal o interrogación de tránsito) y por debajo (a otra escala, la curva del posible precipicio puede ser  la misma del pico y de la panza), dilatarse en ángulo abrupto o descenso paulatino (el arco entonces obedece al punteado de la mirada que tantea la ruta como chorro de lágrimas geométricas : es el caso del Periquillo con tiara de pope, remolque cementerial y nube de ojos llorones).

   De todas formas el vacío disponible es un hoyo. Más o menos a la medida.  Aproximadamente sin medida. De paredes visibles o no. Cósmico o singular, infinito o finito. Es lo de menos. Y no siempre la oscuridad lo delata.

 

   La cúpula de la iglesia, los techos de las casas y las pencas de la palmera sobre la recta del horizonte. El pueblo está muy lejos.

   Una faja negra le rodea el brazo.  Lleva un ataúd a la espalda.

   Avanza llorando hacia el rectángulo de la fosa. La nitidez del hueco es refutada por el enredo de rasguños que lo oscurecen. Los ovoidales grumos de tierra acumulada en la margen componen una sucinta pirámide. La pala del enterrador se hinca en el mórbido montón, de manera que el mango queda erguido sobre la tumba a la espera del féretro. La empuñadura del utensilio delinea el  marco de un visor.  

   Otro fajado está de hinojos. La mano derecha desgrana un rosario cuya rueda de cuentas se confunde con la catarata de lágrimas, así como las centellas siderales de la mitad superior del escenario se desdoblan en las chispas de hierba que salpican la de abajo.

   Hojas y estrellas se reparten especularmente, con igual frecuencia e idéntico ritmo. Los inferiores son una versión desvaída de los signos de arriba. 

   No obstante la obscena concreción de la fosa, habría que fijarse para medio llegar a saber que el camposanto no es cielo. Mejor dicho, para fijarse habría que identificar primero la vacuidad general a través de la que se procede hacia el vacío ad hoc, donde más puntualmente cede el soporte del sitio.

   Entre aire y suelo la ambigüedad de la superficie se hace insoportable. Como sea hay que marcar una dirección a través del dudoso desierto.

   Quizás así lo prescriba el ojo supremo.

   Inscrito en una cruz griega y rodeado por una circunferencia cuyo centro coincide con su iris, irradia los segmentos de ocho aguijones, cuatro prolongando los brazos de la cruz, los otros apenas desprendidos del círculo, artefacto aeronáutico cuya consistencia confirman los picoteos que por dentro y por fuera persiguen los bordes de la cruz, del círculo y de los ocho aguijones menos uno, remachando las ideas de un cuerpo no propiamente eucarístico en custodia blindada, tornillos en ordenado enjambre punzando un satélite poco artificial o copos de nieve postiza sobre adorno navideño, sin olvidar del todo la organicidad de los aretes en los extremos del núcleo hipnótico, lágrimas sin duda, así como lágrimas se disparan a través y más allá de los ocho aguijones, sin contar las gotas brotadas de las nubecillas que los coronan patéticamente. Semejante grimorio succiona más bien cualquier dirección efectiva. 

   La otra mano del Periquillo arrodillado deja pender el sombrero y una reata de diminutos cuadrúpedos, todos de pelaje punteado, entre el hocico del uno y el hocico del otro el mismo guión que conecta y separa, el siguiente más pequeño que el anterior, hasta el último o penúltimo de la recua, pulverizado, absuelto por la aspersión de las granulosidades retenidas en las siluetas de los demás. Serie jocosa, si cada uno de sus elementos no llorase tan desesperadamente cuanto el arriero, colitas erguidas, vibrantes de congoja.

   Adelante o atrás, hacia grumos de greda o granos de arena, la contrameta es igual : suelo insituable, tierra de nadie. Meta es no tenerla. Sellar escrupulosamente su falta, si acaso.   

   Mientras otros convierten en fórmula la fine dell’epoca para justificar fatuos reciclajes y eclecticismos irresponsables en vista de mejores alcándaras, aquí, si cabida tienen adverbios de lugar en un paraje sin hic ni nunc, aquí y sólo aquí el desgaste de sitio y situación apremia a quien nada justifica. 

  

   Andante pericoloso : el sobreviviente avanza con el mundo a posteriori.

   Por otra y en otra parte (la partición obsede), avanzo es otro nombre del residuo.

   No del todo a propósito de restos por interpuesto trasteo y de la “traducción” que  sería desaconsejable designar como Übertragung para evitar resquemores de “contagio  infeccioso”, figuradamente la palabra “perico” indica el recipiente destinado a los excrementos de alcoba, en este caso el bacín detrás de la silla de ruedas del augusto cartógrafo vigilando la ruta a punta de uña agudísima y perentoria, sobre el vehículo de siempre o casi siempre, más que carretilla armario ambulante de imposible intérieur, sin olvidar gato, mesa, vaso y florerito, amen del compadre sentado en el extremo posterior, los pies colgantes, la mano introduciendo una hipotética cuchara en la boca abierta del espacio dejado a la zaga, a menos que no haya sombra de cubierto y que el dedo en dirección contraria resulte aún más arrevolverado que el índice del pasajero paralítico - el todo hacia el declive de la otra esquina con la parsimonia acostumbrada. 

      

   Assim fico, fico... Eu sou o que sempre quer partir, / E fica sempre, fica sempre, fica sempre, / Até à morte fica, mesmo que parta, fica, fica, fica... 

   También para Álvaro de Campos, tal como lo dejado, el que deja queda dividido. Se demora el viaje en virtud de entrada por salida y casco por ala.

   Así lo manifiesta el mote consabido al ilustrar los espejismos de la odisea iniciática :  “Perico triste, tan asno estás como fuiste.”

   El que parte es partido : se hiende la morada del corazón de quien en primer y último  lugar toma sus distancias del autocomplacimiento para seguir y seguir la huella que en lenguaje bíblico viene a ser camino de “kedousha”, a la vez “separación” y “santidad”. 

   Así como el vuelo perpetuo de la criatura que responde al nombre de homa y al epíteto de ishvarakrotis o “sin nido”, cuyo fabuloso huevo lejos de ser puesto precipita para abrirse en lo más alto del cielo, el llanto de los Periquillos sugiere que el animal alguna parte ha de tener en las maceraciones de la Obra, no tan sólo en la tozuda continuidad de las labores enumeradas en Totalidad e Infinito, las de ciudades, campiñas, jardines o paisajes cuando “el movimiento de la mano rigurosamente económico, de captación y de adquisición, es disimulado mediante las trazas y los ‘desechos’ y las ‘obras’ que esta adquisición deja en su movimiento de retorno, hacia la interioridad de la casa.”

   No coincide con la morada la entraña del que parte y reparte permaneciendo firme ante la oquedad fúnebre, ni el inquilino de lo inhabitable enseña el blanco de un proyecto o el cumplimiento de un cronograma. Más bien la insondable blancura en que el escenario culmina.

   Mientras tanto (es un decir descaecido - donde la unicidad presencial del suceso cede a la sucesión, la simultaneidad de la globalización se fisura reclamando cacao anacrónico : agobiado por el pájaro celeste de Sri Ramakrishna y el perro ecónomo de Lévinas, el lector  que achacase al aprendizaje acelerado de tanto itinerario multinacional el cacareo de corsi e ricorsi aquí rajados en plus d’une langue, bien puede aliviarse) el mapamundi quedó atrás.

    Tal como la televisión, que es lo mismo. Babel pospuesta y entre paréntesis, desde un principio fue traste de museo hogareño. 

   La oronda esfera anda sumida en el segundo elemento del convoy que remolca el Periquillo desplazado, sin que los veleros de sus mares pierdan el rumbo. Mejor dicho para que no lo pierdan en absoluto, ni se perturben brújulas o inmuten velas, iguales a las del barquito encajado en el primer vagón de la mudanza intacta, parálisis de travesía y travesía de parálisis, nubes y vientos por dentro, secciones atmosféricas bien repartidas en dos triángulos y labios de lona entreabiertos a los lados del árbol mayor.

   Dedicada exclusivamente al peregrino que una vez más ha tomado el lugar del borrico y se ha detenido, flota la única nube ajena al velamen. El goteo ni humedece el sombrero. Con recato de limosna prefiere bordear la giba del pico para fundirse en la palma de la mano tendida.

   La sinuosidad interrogante no marca una precipitación manejable, más bien la disponibilidad a la caricia de un nexo vaporoso, por poco sin carga.   

  

   El globo encarretado es reloj sin horas. Cuadrante una colmena de microsegundos, salidos del pelaje de las bestias o del occipucio de algún Periquillo.

   Las nubes no están dispuestas como siempre o casi siempre. Su contorno es irregular. Aquí y allá llegan a rozarse. Más aún, se sobreponen.  Andan dobladas en herradura las que acuden para sollozar tempestuosamente sobre los tres viajeros y la iglesita en que se excede la joroba del borrico.

   Todo está en otro idioma, en cada vocablo del mismo. Conmociones microintestinas modestamente catastróficas. C’est pas grave.

   El desfile de las fachadas de esta ciudad (pompe ininterrumpida, pared contra pared, plétora de contigüidad proclamada “vida comunitaria”) está en trance de  patinar sobre el plano inclinado de la más monótona playa, hasta quién sabe dónde. En el momento hasta el ángulo inferior del escenario.

   Por ahí mismo tiene que haber soltado su maletín el tercer Periquillo. En trance de caída porque a un bromista se le ocurrió jalar las paralelas, esquíes filiformes o tensores de suelas alienadas. Y el piso se le corre.

   A menos que la presunta precariedad del equilibrio sea exigencia de incalculable coreografía. En efecto el ojo mantiene a poco más o menos un aplomo de giroscopio. Aproximadamente. A ojo. En todo caso fijeza de animal-máquina.

   O animal ex-esotérico : la pupila del Unicornio de Gustave Moreau ha renunciado a la jactancia de la vertiente misteriosa del misterio. Se contenta con el tino de una canica engastada en cráneo de lorito.

 

   Otro es el rostro del pánico candoroso.

   Otro hasta el escalofrío extraterrestre y la compasión aterrada, porque suyas y de nadie - suyas sin que lo sepa - suyas hasta perder la propiedad de la sesera - llegan a ser - sin ser todavía y desde siempre - la heterogeneidad amenazadora del niño abandonado y el huérfano exotismo del tiránico coleccionista de cabezas.

   Rostro más allá y más acá de las garantías humanas ofrecidas por un visus dado por visto. Más bien visage partido como rostrum : de animales, “pico”, “hocico”, “grifo”, de botavante o lámpara aladínea, “extremo puntiagudo”, cuando no “reja” de arado hincada en humus o “espolón” de buque en costado enemigo.         

   Si enseñanza es la altura de donde adviene el lenguaje como penetración de lo idéntico revuelto por el rostro de Alieno, entonces la lección precipita a la fuerza, a su pesar y de su peso. 

   Repito lo que leí en el mamotreto de Benveniste : guru y gravis proceden de una raíz común.

   Insoportable por encima y por debajo de cordura ejemplar y eficacia demostrativa, el maestro en cuanto tal cae pesado. 

   Repaso lo que creo haber aprendido : mencionada la definición que Heidegger proporciona retomando la sentencia  de Novalis (a saber : “Propiamente hablando la filosofía es nostalgia -Heimweh-, algo que impulsa  -ein Trieb- a estar por doquier como en casa”), el maestro observa que la pulsión, “forcejeo más que fuerza -forçage plus que force”, hace de las suyas antes de sujeto y objeto, antes de cualquier identificación,  pues donde Eso impulsa, puja y crece, “où Ça pousse”, de tan poco mundo dispone el hombre cuanto el animal y la piedra.

   A propósito de este bulto de hiedra bestialmente pobre llamado Trieb, sobrever de invidus u obsesión general de mirada sin foco carcomiendo la orgullosa evidencia de lo edificado, sopesa Derrida el verbo tragen, “cargar, al muerto en el duelo o al niño en el vientre”.  Cita el poema de Celan que reza :  “El mundo se ha ido -die Welt ist fort”, no sin aludir al juego del Fort-Da de freudiana memoria, atento al Da del Dasein cuya lejanía la pregunta filosófica registra y hasta cierto punto recorre.  Añade : “Eso es lo que es preciso llevar -Ça est ce qui doit être porté”.

   Queda  la  oportunidad  de considerar que Trägheit significa “tristeza” - hasta ciertos puntos de sentido pésame, cárgame resentido, contenedor matriarcal. Cuando no torre paterna : desde un sofá de nubes persas, Periquillo se despide de los sosias encerrados (se dedicará a cazar mariposas y acabará en la cárcel por hurto de luceros desechables).

   Acoger la gravedad alivia el hastío de la huella. Apunte bien entrazado por otro  arcaico medio de transporte o matriz  impulsiva : la carreta cuyos ejes nunca engrasó Atahualpa.  Máxime si es capital el trasteo, la misma cabeza caída y recaída para crecer y multiplicarse en vehículo muy público, eso sí, con la indiferencia de Pedro por su casa.

   El decapitado se apresta a recibir el óbolo de su propio cráneo. Por no decir el pico que le compete, pues casi tanto espacio cuanto la cabeza entera ocupan el tornillo ocular y la ranfoteca (de tekhe, “caja”, “escriño”, “bolsa”, “vaina”, “sepulcro”, dispositivo verbal que colma y rebosa las exigencias crípticas de los fantasmas de incorporación sin dejar de retener nichos de archivo al gusto del Étui-Mensch, el famoso Superhéroe rival del Carácter Destructivo), únicos indicios de pertenencia a la especie.

   Sin embargo el carguero se demora un poco más, pies y ruedas ennublados.

   El otro se para sobre una verdadera plataforma espacial, tan chata como el ala del sombrero que lleva puesto quien le insinuaría l’imbarazzo della scelta, a la letra la preñez del tener que escoger entre idénticas piezas de repuesto, en el caso en que el ansioso fuera consciente de una duda fecunda.

   Periquillo no es apenas metódico.

   La única deducción que le resta es Eso, trago amargo, aunque no atufado al estilo del proverbial licor de Martí, por no ser nuestro ni de nadie, sin comunidad ni sujeto identificables, soportado, sí y no, por gracia de sonrisa lagrimosa en esquina de Procustes rendida a una miriada de hoyuelos o acera de faquir sembrada de ásperos retoños puntuales. Suspendida en virtud de corte abstracto y guillotina aséptica.

   La hiperestesia topológica indispensable al equilibrio vertebral ha de ser preservada acorralando la proliferación de los parásitos, aquí tzanzas infinitesimales, en otro teatro aéreo detallitos de tarjeta tropical invadiendo la nuca del Periquillo de turno. Relevada, la tarima se mantiene en suspenso. En el transporte se olvida.    

         

   Precipita. Derecho como pluma de Justicia atraviesa su constelación de cabecera. En picada. 

   No. Es al revés : levanta la mano para pedir clemencia o repasar acariciante el ámbito de los siete cuerpos celestes inscritos en el recorrido de la mirada, la que da más de una vuelta capciosa hasta llegar a enganchar por detrás la estrella que por delante engancha su chaleco.

   Ni al revés ni al derecho : ley de microgravedad.

 

   Pulgas geométricas destellan en gatos afantasmados. Otra modalidad del temenos escenográfico, espacio a la vez doméstico y de respeto.

   Relativo respeto : perímetro ahíto, un camello no menos estelar que los felinos se desobliga apilando píldoras de boñiga, contrapuestas a las de lluvia sobre el oasis de la segunda joroba.

  

   Los astros sazonan un marrano transparente.

   El sacerdote levanta una cruz  rodeada por una doble aureola de resplandor viral, para que siga la procesión. Unos transitan como si nada por el firmamento verriondo, otros se arrastran a la sombra incierta de las pezuñas.

          

   Se entremeten recíprocamente dos siluetas de ovejas galácticas pobladas de ovejillas.

   Sobre cada lomo un pueblito. Sobre cada pueblito la respectiva nube. De cada nube caen o suben los goterones pertinentes.

    En el ángulo supuestamente superior se suspenden copos de rebaño y un improbable pastor patas arriba : la perpendicular de la fisonomía dividida deja gotear la abotonadura para que el bastón que la prolonga se aplique al entrepierna con serenidad de golfista (otro hoyo en uno).

    

   De pie sobre la cola de un cisne de tiovivo, esta vez son huevos los que carga. O caras sin rasgos.

   Los escolta un Periquillo de pico frontal. La punta partida se extiende en los botones de la chaqueta.

   Hay un huevo o un rostro en blanco sobre la zarza al borde de la diagonal. El cochero no lo pierde de vista. El punteado lo incuba.

 

   La persistencia de la ingravidez mima el gracioso diminutivo de la pesadilla.

   A la izquierda, en el rincón inferior, una jaula circular, un canasto de baloncesto o una papelera de reciclaje. La cabeza picuda otea entre las rejas.

   Al pie de la pared se alinean una mesita con florero, una toma de corriente y un perchero de borsalino y paraguas.

   Casi en el centro de la pared desnuda, un ventanuco de cinco barrotes. 

   El piso del correcto calabozo - de vida demediada más que de clase media - hierve de corpúsculos, bichos, protozoos o salpicaduras de falso granito.

   El decapitado levanta el pie izquierdo. Quizás se ha detenido en plena carrera. Tal vez baila. A lo mejor jamás se desplazó. Tan descapacitado, en una mano sostiene el bastón, en la otra su cabeza, igual a la del canasto y a todas las demás, desde luego, por ende no del todo suya, pero de pelo largo, aunque no tan copioso cuanto las cabelleras de la horda de Periquillos que en otro escenario cabalgan cometas crinitos. Empuña salvajemente la melena. Del ojo bajan uno tras otro los átomos del nexo óptico con la cabeza prisionera. La punta del pico destila una sola gota. De sangre o baba.     

   En la sección derecha, apenas más allá del bastidor que divide el escenario en zona de mesticia doméstica, inquietantemente familiar o pseudoméstica, y desterritorio celeste, sosegadamente alieno o pseudomístico, la línea del zócalo del otro lado se desvía de golpe en clinamen separando el arriba y el abajo.

   Arriba un escuadrón de albóndigas vaporosas declara emblemáticamente abierto el cielo.

  Cuatro cabezas yacen sobre bandejas acolchadas de otras tantas nubecillas, cada una de gota pendiente. Que se  trate de cuatro lágrimas y no de simples filtraciones atmosféricas no se deduciría de la cabal carencia de espontaneidad expresiva, claro está, sino de las perpendiculares que las remiten a los respectivos ojos. De todas formas Eso llora tal como llueve.

   Abajo un par de escuadras teorizan las bases de un efímero balanceo, plataformas entre las que se templaría el cable de una eventual acrobacia.  

    El equilibrista situado un poco más arriba que el otro parece llevar su propia extremidad cefálica encajada en el hombro (ojo y pestañas en lugar de charretera), mientras el sombrero de pluma (la única en todo el averío) ocultaría la herida de la garganta. Asimismo conservaría en su lugar la cabeza, sobre el cuello inexistente, dejando el sombrero encima de la falta de nuca. Cruza la pierna derecha delante de la otra, al revés del Pendu de la baraja marsellesa.

   El decapitado de más abajo junta los pies y mantiene la cabeza entre manos, en la postura canónica de San Dionisio. La punta del pico destila su gota. De sangre o baba. 

    Ensalivo unas palabras de la Historia entre el moco y dios, cuatro paginitas de cuaderno escolar que Artaud entrega a Bernard Lucas en septiembre de 1946 : “Porque lo propio del uno y del yo es no mirarse a sí mismo, jamás, y actuar. / Lo propio del doble, los dos, siempre mirar actuar - car le propre de l’un et du moi est de ne pas se regarder lui-même, jamais, et d’agir. / Le propre du double, les deux, de toujours regarder agir.

   La tarea exige que los puntos de vista (más y menos pertenecientes a los acróbatas, por andar desprendidas sus cabezas y a pesar de serlo) conecten ojo a ojo. De hecho refractan ráfagas hacia objetivos tan divergentes entre sí cuanto la cíclica nostalgia de un objetivo determinado puede divergir de un objetivo cualquiera.

   La del sombrero de pluma arroja una mirada que penetra la ausencia capital del descabezado de enfrente, atraviesa  el bastidor evitando la menor distracción y prosigue hasta clavar su postrema partícula en el boquete elíptico del cuello del huésped de la celda burguesa, sin descartar el suplemento de trayectoria echado al sofocante canasto.

   La otra roza las redondeces de dos nubes y sale disparada por la tangente ultravoyeurística del cielo.

   Ninguna lista numerosa da cuenta de la lejanía desgranada entre quien observa y quien lleva a cabo lo observado, Opus Magnum y mester, inicio y fin de un juego de niños, oratorio y laboratorio, ajeno y propio, doble y uno.

                                                                                                               Pasto.  04.07.03

  

DE ORO

  

   Oro desmerecedor del oro, la inadecuación pirotécnica es combustible del Vehículo, trono en firmeza y errancia de escritura, al igual que la Torá desde el siglo XIII comparado con la navecilla de una nuez, desde mucho antes Merkaba entreabierta como arborescencia de “ciudad fortificada” y prendida como “‘horno’ de la preñada”. 

   Después de la morosa circumambulación del núcleo de Miserere (en el esquema del contexto coreográfico impreso sobre las camisetas blancas de quienes se han despojado de las vestiduras tenebrosas, minúsculo redondel que exalta el rubro de un iris encendido a la altura de las vértebras dorsales de cada bailarín), antes de golpear la caldera alrededor de la que ha convocado los ademanes que han de llegar a ser no sólo de todos ellos, en las cuentas del folleto ilustrativo “un cuerpo múltiple formado por cien cuerpos respirando al unísono”, sino también de una buena parte del público que acabará por unírseles, lacre y soporte del “pacto de cordura en este país” sellado en cada célula de un módulo de Leviatán al que Hobbes orientalista abriese la ruta del prânâyâma, míos también los ademanes, aproximadamente los mismos, ahora los brazos extendidos con la derechura de una lanza de doble punta digital o la perentoriedad de una aguja de bitácora, ahora brazos y piernas ondulando y flotando con ligereza de plumas sobre escalones nebulosos, ahora brazos extendidos sobre la cabeza y manos dobladas como espigas por sobresalto de brisa... en el centro del “ámbito sagrado” de El Bosque Reimplantado de Alberto Riaño, el iniciador solitario ocupa aquella hoquedad nuclear, toma asiento, los brazos no precisamente colgantes como los de Marat en su tina sino sobre los bordes ennegrecidos marcando el perímetro de un sacrificio inédito y ancestral, ardor de siempre y por venir, al final, cuando serán un brasero la cuna,  el sarcófago y la cáscara del huevo navegante percutido por la tea.

   La mirada puesta en los “ciegos/muertos” que avanzan, Periki Yo medita alrededor del procedimiento más adecuado para repartir un cargamento de extremidades cefálicas.              

 

   A la sombra de listas más o menos numerosas, sociedades alistadas y abusos de listeza, versos de protesta ecuánime soltaba Leopardi en 1820 (traducidos por Diego Navarro extraviando el soporte figurativo de las fórmulas pedagógicas denunciadas por el poeta, pero sin perder de vista un aborrecimiento que no va sin fastus, “orgullo” tan comprometido con la ostentación cuanto las postales de la Telecom Universal)  :  “Nos ha envuelto los pañales / el tedio  -a noi le fasce cinse / il fastidio”,  pues “el mundo entero cabe en  breve carta -figurato é il mondo in breve carta ” (Ad Angelo Mai, vs. 73-74 y 98).

   Ejemplar en tal sentido la primera entrega de Euforia - Una publicación de Alianza Summa para los viajeros de Avianca, Sam y Aces, junio de 2002, en particular la encuesta intitulada “Nuevos líderes, nuevas agendas”, reminiscencias y buenos propósitos de Alfred Chuang, desde octubre de 2001 presidente y gerente de BEA Systems Inc., San José, California, organismo corporativo asumido como sujeto capaz de emociones en cuyo regazo se confunden para mejor distinguirse quien imparte trazados fatídicos y quien los acata : “Estábamos preparando nuestro cambio de gerente, cuando se presentó la tragedia del septiembre 11. No sé por dónde empezar a contarles cuál era la situación emocional de la compañía en ese momento. (...) Nos volvimos realmente locos. (...) cuando la economía se pone difícil, la gente necesita oír en qué estamos trabajando, qué queremos mejorar y para dónde vamos, según el pensamiento de la gerencia. (...)  Creo que si la gente supiera para dónde vamos, si les pudiéramos dar unas claves concretas de hacia dónde queremos dirigirnos, eso nos ayudaría a salir adelante.”        

   No tan lejos de los cuidados californianos, el Consultor Organizacional Carlos Miguel Galvis Uribe aboga recientemente por un “direccionamiento predeterminado”, dondequiera que “la adecuada comunicación es fundamental para generar estabilidad en quienes integran un grupo ; se convierte en un importante mecanismo de cohesión, ya que por medio de ella se ‘sabe a qué atenerse’.” (Revista Ejército, julio de 2003)

   Aténganse pues a compactas sabanillas el descabezado a la par que la cabeza en persona : para la muestra, el Rey y Emperador Vittorio Emanuele III sobresaliendo de un cochecito impulsado por Mussolini en semblante de nana pechugona, a su vez empujada por Hitler cachondo, una de las viñetas satíricas dibujadas por Eugenio Tedeschi en otoño del 42, con rimas de Ada Della Torre, Silvio Ortona y Primo Levi.

   De momia infante o de mocosuelo fiambre, las fajas cohesivas  rinden sinrazón de dictadura a la par que el tan mentado fascinus, pues el raro fascista que no pretendiese ser una madre para sus compatriotas ambicionaría a lo menos pasar por nodriza del pueblo que presuntamente lo pare, crío y ama de cría en esvástica de ocho patas, apankora, tarántula con la que anhela fajarse el huérfano de Los ríos profundos, llevado a la vez por lascivia de Don Giovanni necrófilo y castigo de Comendador disfrazado de Doña Elvira :

       “Apank’ orallay, apank’ orallay,        Apankora, apankora,

         apakullawayña                                 llévame ya de una vez ;

         tutay tutay wasillaykipi                     en tu hogar de tinieblas

         uywakullawayña.                              críame, críame por piedad.

         Pelochaykiwan                                 Con tus cabellos,

         yana wañuy pelochaykiwan               con tus cabellos que son la muerte

         kuyakullawayña.                               acaríciame, acaríciame.”

   El huayno enseña de qué manera el perverso aprendizaje depende a un tiempo de la exigente docilidad de un “animal doméstico”, uywa, y de la accio-pasión de uywana, “criar, domesticar, educar”, forma verbal que a inicios del siglo XVII González Holguín rendía por “criar y alimentar, sustentar”, persiguiendo en ambas secciones de su Vocabulario de la lengua qquichua un sentido más visceral que los señalados en días de telelactancia por Glauco Torres de Córdoba : la letra no entra (a medias, la introducción magistral siempre es a medias, bocado aproximativo y arrepentido, circumcirca devuelto) sin algún glas, a la vez “toque de difuntos” y “leche envenenada”.   

   El semiduelo en cuestión (nada que ver con el medio luto) cierne y concierne al uywaki, “maestro” monstruoso que se da a comer así como en Ayacucho (apuntó Arguedas en 1943, el mismo año en que Primo Levi salió direccionado rumbo al norte) la gran araña es cargada en el aire y comida por el “layk’a San Jorge”, insecto capaz de volar a la altura del nombre del médico brujo que libera al espíritu secuestrado.

 

   Desde un principio sus restos mortales serían el Ungeziefer, hervor de “sabandijas” inevitablemente reducido en uno y otro idioma a un solo “insecto” mientras habría que arreglárselas para remontarse hacia la intrincación  de multiplicidad y unidad, frenesí y abulia, bulimia y anorexia, desatención y fijeza, desnudez absoluta y Uniformfetischismus... hasta el agotamiento de la semejanza por exceso de similitud consigo mismo, ultradistinción e inimitable elegancia de lo igual que distingue la exclusividad difunta, lo que resta de Gregorio difunto.

   El lapso de retorcidas negociaciones familiaristas dilataría una caricatura  centroeuropea y pequeñoburguesa del terrible vestíbulo tibetano, en tanto que esas mismas dificultades de comunicación rendirían testimonio del trabajito del duelo que los Samsa apenas en últimas parecen dejar entre blandos paréntesis, cuando “ya no era llevado por sus paticas y nada ya distraía la mirada”.

   Las telarañas lascivas de lo idéntico ofrecen la imagen consabida, ícono fastidiosamente completo, estatua de Níobe absorta en su destino, gran oferta de última lección, comprimido magistral, en cuanto tal  consumible al vuelo : “Sumite, hoc est cadaver meum”.

   En efecto - effectus por excelencia, expulsión de resultado global y precio muy a bulto, à forfait, al fuero desaforado del  fatto fuori, “rematado”, literalmente “hecho afuera” por rentabilidad de ex facere, disparo de consecuencia a su manera reluciente, fogonazo efectivo - la holganza de un extinto cualquiera cae a la par del aturdido despertar al apuntamiento de todo lo demás, morbidez de astro antropomorfo irradiando por punta y punta carne indiferente, largas y herrumbrosas puntas entre las que ella se hamaquea, adormece y desempereza, enantes completamente desnuda, la única de pelo amarrado para que la trenza preceda el extremo de la capucha en fibra de palma que le sofoca la faz, así como poco después guantes y medias del mismo tejido niegan manos y pies prolongados en aguijones de sangre seca, niña roncera acunada en sus propios brazos, demasiado expuesta para no resultar terrorífica, demasiado ceñida a los velos de lo mismo para no seguir como si nada, titubeando en muerte - enantes y después, desnuda y envuelta, entonces y ahora sumida y multiplicada por empate de relámpago y cálculo, oleaje y segmento, fluencia transorgánica y arthron que no atañe apenas a la soledad de un artrópodo sino a la manigua de alimañas por disipar más allá del fin de la oración - la obra misma.

   Igualmente fúnebres, poco antes de la masacre de A Dios el Mar, otras fundas  sangrientas arman milicias de palacetes picudos sometiendo y restando cada rostro a la cúspide de una sucinta pagoda.

   Esa divisa distingue también a los fajados de Miserere que avanzan oscilando, se alzan de hombros, hesitan, se detienen a cada rato y siguen avanzando entre los vastos derrumbes y cariciosos borborigmos electrónicos de Gregorio Allegri amplificados por cuatro barricadas de altoparlantes que me trastocan a veces las avalanchas belísonas de El Señor de los Anillos, contrastadas intermitentemente de cerca por el pregonar de los vendedores (helados, chitos  y, por sugestión de garúa irresoluta, capuchas plásticas a la orden), muy lejos el eco de un paseo vallenato, amén de los aviones que de vez en cuando transcurren roncos allá arriba, en la insituable franja que desparte el lado cotidiano del misterio y el lado misterioso de la cotidianidad, si la comparación diera margen suficiente y si en la Plaza Ceremonial del Parque Simón Bolívar  de veras hubiera aterrizado el claro del Ser o del Origen para esta danza cercana del tercer tipo, a la medida del “Coro / canonical de los Pingüinos / abuelos / y tatarabuelos”, Lichtung de heideggeriana y degreiffesca resonancia,  discrimen tan abismal cuanto el de la frígida piedra de la iglesia de Combray y las fucsias de la casa colindante echadas al refriegue profano con obstinación de colegialas congestionadas, demarcación que la cotorra proustiana nunca habría franqueado, si no más próxima de lo santo que de lo sagrado en todo caso (la expresión es de Benjamin) “sin medida en la cotorrería del que reposa -in der Schwatzhaftigkeit des Ruhenden-, aterrador en la indiferencia de quien está consagrado a la muerte y quiere hablar de lo que sea.”  

   Penitentes en procesión de poco santa  semana,  zombis  tres veces resignados,  vampiros de sí y del prójimo, sonámbulos carteros del  Ku-Klux-Klan, palmípedos peripatéticos, periquines descabezados, “ciegos/muertos” en abnegado cumplimiento del  ícono que es garantía de traducibilidad cómplice de la atrofia del músculo de la palabra y de la parálisis de la visión en idolatría, se quitan las cucullas cruentas y los uniformes negros antes de llegar a la explanada abierta en el bosque nevoso, en medio de las escuetas astas de la vegetación de Riaño.

   Ladra un perro lejano y lo que parecía increíble se manifiesta : son como nosotros los tristes verdugos, cada vez que un ídolo de Nosotros se esculpe.

 

   El 16 de agosto, no más tres días después de haber alcanzado el montón del trasteo que aún persevera, no tuve el valor de acercarme a todas las fotos de Olga Lucía Paulhiac.

   Después de los últimos aplausos, Olga (mi mujer, no la fotógrafa), Maya y el suscritico, recién salidos de uno de los palcos del primer piso, nos topamos con Maya, no la hija que acabo de mencionar, vamos, sino Carlos Maya, a quien conozco desde el día en que dejé la Oficina de Extensión Cultural de la Universidad de Nariño y él tomó mi lugar, en el 83, antes de que se convirtiera en  figura pública  (se me descuente tanto embrollo retrospectivo : toca lidiar con los espejismos del apego narcisista toda vez que la certeza del lugar y del tiempo es perturbada por una mudanza inconclusa como la que me tiene en la capital).

   Al tiempo en que el distinguido abogado se despedía, casi revoloteando pasó el mayor Periki Yo (así prefiere él mismo definir al personaje que otrora animaba las márgenes de sus cuadernos, desde las clases del Colegio San Carlos, en esta misma ciudad, si se me perdona también la confianza consistente  en  confundir al dibujante y su “alter-eguito”, concediéndome además la indiscreción que estriba en explotar una y otra vez su vocabulario mientras repone el pereque de un “yo” puesto en juego al afirmar que “periki yo somos todos” - a menos que la primera persona del plural no sostenga el fardo egótico por remache gregario, confirmación de Je-Nous más que robustecido, ahíto de otros en la salsa de aquella sinovia indispensable a la articulación de la Ley, genou  que de Blanchot a Derrida deja adivinar mucho más que sonoras ocasiones de chanza, mejor dicho redondez no siempre a salvo de los surcos del llanto cuando la vía húmeda de la elipsis contracortazariana que reza “todas las lágrimas la lágrima” no se fragua para mayor gloria del Ser en Serie y sus antropófagos de cuello blanco, sino para marcar la fractura de lo común en cada gemido).

   Maya, el jurista, lo detuvo. Devuelto el abrazo, siguió de prisa por el corredor. Hubiera podido hacer lo mismo, manifestar que me era grato reconocerle y hacerme reconocer, quizás menos efusivamente. Se suponía que a eso había venido, por invitación expresa. Reemplazado sin saber hasta dónde pero con creces, provinciano inhibido ante las fastuosidades del Colón, El alma de las cosas rondando todavía la mía, cuando subía hacia el segundo piso con el propósito de mirar las demás fotos, mientras exploraba sin proponérmelo la ilusoria periferia de la puesta en escena a la que había asistido apareció el Alcalde de Bogotá descendiendo despacito, cabizbajo, en medio de un apretado manípulo de guardaespaldas (uno de ellos por una fracción de segundo se me hizo el mismo bailarín admirado pocos minutos antes). Así que di marcha atrás lo más rápidamente posible. Pero las del primer piso ya las había visto.

    Ni pixeles, ni fosfenos, ni lunares, ni protozoarios, mucho menos salpicaduras de falso granito...  “Microperforaciones” es la palabra, de molde para la muestra de fotos intitulada De cuerpo entero y los escenarios que aquí me retienen, dibujados y no.  De Periki Yo lo sabe todo quien escogió tamaño título.

   Si eso es saber. Y siempre que me preocupe por retomar siquiera la palabra “todo” en un despartidero de procesos argumentales tan escasamente determinable cuanto el lugar de un licor esparcido a los cuatro vientos. 

   No se me confunda de ningún modo con el relator indispensable a quien pretende jurar por procura que en el instante encajado entre la voz de la zarina madre renegando al falso zar  y el disparo que le quita la vida, en el trance inmediatamente anterior a la abertura del orificio inaugural, “hubo aún en él, infinitamente comprimidos, la voluntad y el poder de ser todo -unendlich zusammendrängt, noch einmal Wille und Macht in ihm war, alles zu sein. Si no, no se comprendería el resplandor magnífico de esta consecuencia : que su vestidura de noche la hayan traspasado y pinchado por todas partes -durchbohrten und in ihm herumstachen- como para alcanzar el núcleo duro de una persona. Y que aún en la muerte haya llevado, durante tres días, la máscara a la que casi había ya renunciado.”

   Quien diese por descontado que el entendimiento de los nexos más o menos causales inherentes a lo narrado es requisito de toda narración no pregunte aquí por el narrador del caso,  pues muy lejos me encuentro de descifrar la ensambladura de la  historia  del camaleón reconocido en demasía, “despedazado  y  acribillado -zerfetzt und zerstochen”, con la historia de “aquel  que  durante  toda  su  vida fue uno,  el  mismo,  duro e inmutable  como  granito -der sein ganzes Leben lang Einer war, der Gleiche, hart und nicht zu ändern wie ein Granit-, y que cada vez pesaba más sobre los que le soportaban. Hay un retrato suyo en Dijon.  Pero sin  esto,  se  sabe  que  fue  rechoncho,  fornido, testarudo y  desesperado -trotzig war und verzweilfelt”, sin embargo de todo punto otro e irretratable  en muerte, inhumano a no ser por sus emblemas pues, “que aquello allá arriba fuera una cabeza, no se podía dudar viendo la corona” y siendo la muerte pertinente, tal como el loco de la corte la vislumbra, “un manipulador de marionetas que tiene necesidad apremiante de un duque”, dispuesta por ende, la pobre, a conformarse con  las insignias de cualquier comodín sanguinolento - de tan disparatado concurso de relatos en las entrañas de un mismo volumen, de semejantes desemejanzas en una sucesión de páginas traída a la memoria como “librito verde” afecta escandalizarse quien no se reconoce narrador mientras convierte en materia de narración su torpeza, como si fuera cláusula condicional del narrar resignarse a no saber hacerlo, incapaz de tejer insolencias pero suficientemente atento para dar cuenta de ellas por pelos y señales : el fin de Gricha Otrepjov y la caída de Carlos el Temerario, el impostor de versartilidad pánica sondeado hasta el cuajo y el aristócrata a carta cabal de fijeza petrificada e identidad insondable, uno rodeado de hombres que todavía creen en él, otro acosado desde sus propias venas por una sangre que no le come cuento, unidos en el verdor de un libretín y, lo que más cuesta admitir, en los años verdes del lector “testarudo y desesperado -trotzig und verzweifelt”, él también partido en dos, cuadriculado por la “duda”, Zweifel, así como Carlos el Temerario y su sangre, al compás de la alternativa royéndole huesos de jibia entre el adentro y el afuera, por estar convencido de no llegar algún día  a ser algo más que un falso lector y por pretender escudriñar todos los libros aunque presintiese que “en cada línea se sondeaba el mundo”, Mercurio y Azufre abrazados en Malte por bondad de Abelone e intercesión de un paraje refractario a las primacías, recinto íntimamente ajeno a la importancia de cualquier “cosa capital”, extraño a cap y caput,  testa y Haupt, hasta requerir como nunca la tarea de acoger el mérito de Francisco Ayala confrontando los términos de Rilke, pues  “no  hay  entonces en el jardín nada esencial -keine Hauptsache-;  todo está por todas partes y sería necesario estar en todo a la vez para no perder nada”, sansebastianizado por los millones y millones de ínfimos movimientos que componen el planetario vegetal de la escena, cuando Abelone lee en voz alta para que el poeta perciba más allá del ser la armonía de la decapitación amorosa a la que se ciñen por igual el santo y la mujer, porque “aquello era el carro de su ascensión inflamada.” 

   De lo que doy fe por mi cuenta y riesgo, a propósito de medios de transporte cuasi trascendentales, es que, después de la función y de haberme acercado al encanto de las fotografías microperforadas (cernidores de luz y aire que hospedan puntualmente la exterioridad, glamour de imagen perfecta humillado en enjambre de vacíos), a las diez y media de la noche, poco antes de acostarme entre derrelictos por desempacar, me sobrecogió el trueno de centenares y centenares de motocicletas idénticas, no menos intercambiables que los cascos de sus pilotos : si la fantasía del imperio administrativo correspondiente a la doma absoluta del tráfico metropolitano brinda alguna idea del cuerpo manipulado como idea, una convención de harleystas recorriendo la Carrera Séptima al ritmo de un solo y solemne motor bien puede sugerir con eficacia de pesadilla la tergiversación totalitaria del encuentro alquímico de lo único y lo diverso. 

   Casi por el contrario, la fantasmal entereza de una contextura puesta y depuesta, transfija y hermética, castamente agusanada, invita a quemar la sal de una virginidad en explosión, diafragma incontables veces violado, intacto en virtud de las transverberaciones que lo constituyen, arcano de rocío evaporándose sobre la hoja cuya nervadura no olvida una lágrima mucho menos memorable que la endurada entre valvas de nácar. 

 

   El suave repente de las manos acamadas sería el mismo de A Dios el Mar, si en la singularidad del gesto lo mismo no quedara a trasmano.

   Se me había ocurrido llamarlo cartouche de la despedida al suponer que registrara por lo menos la primera sílaba del nombre del militante de la revolución osiríaca entregado al trato fraternal con las almas de los muertos, tanto más pronunciada si las palmas expuestas eran de hombre o mujer de color.

   Sin embargo, la noche en que creí haber reconocido esa inscripción por primera vez, un sueño perturbó el engreimiento paleográfico : la complejidad del apellido más que la fisonomía del alto prelado que en plena celebración eucarística llevaba las manos en alto, las inclinaba y volvía a enderezarlas una y otra vez como abanicos anhelantes, puede parecer sacada de los cabellos de la bailarina rubia que el 22 de agosto me llamó la atención, no lo excluyo - en todo caso era Monseñor Rubiano quien invocaba nada menos que el viento de la venganza, no el paráclito de un flamenco franciscano.

 

“      ... una ‘letricidad -lettricité’ que ya no es para leer. Lo que, de una escritura y propiamente

        de ella,  no es para leer, he ahí lo que es un cuerpo.

        (O  más  bien  está  claro, toca -il faut- comprender la lectura como lo que no es el descifre :

        sino el tocar y el ser tocado (...)

        El tocar/tacto -le toucher- también, el tocar/tacto ante todo, es local, modal, fractal.)

 

   A título de la ecotecnia de los cuerpos, de un mundo de los cuerpos que ‘no tiene sentido ni trascendente ni inmanente’, Corpus perseguirá esta dislocación del tocar/tacto. Sin abandonar jamás la insistencia sobre el tacto, que le importa -tact, auquel il tient-, al que jamás renuncia, Nancy lo asocia siempre, contra la tradición continuista de lo inmediato, al valor de descarte -écart-, de desplazamiento, de espaciamiento, de partición o de reparto -partage.

        Al  contrario,  hay  el  tacto,  la  pose  y  la  depose -la pose et la dépose-,  el  ritmo  de  la

        ida-venida de los cuerpos al mundo. El tacto desligado, repartido -partagé- de sí mismo.

 

   (No es seguro, seguramente, que él escape a golpe seguro, a todo golpe -Il n’est pas sûr, bien sûr, qu’il échappe à coup sûr, à tout coup-, en permanencia y simplemente, a la postulación continuista e inmanentista de la que hablábamos más arriba, a la de lo ‘liso’ y del ‘cuerpo sin órgano’, y aunque él la combata, me parece también, todo el tiempo. ¿Pero quién podría acabar con -venir à bout de- esta tentadora  postulación ?  Y uno puede siempre preguntarse porqué tocaría hacerlo -il le faudrait-: qué y quién figura aquí esta Necesidad...)”

  

   Ananke sacada de las Enéadas, “Necesidad”, “Constricción” y a la vez “Destino”, o Penia de El banquete, “Necesidad” y a la vez “Pobreza” (conglobación de indigencia, pulsión e influjo astrológico divinamente personificada a la que sobran homenajes dignos de postales supremas, neoplatónicas y neoliberales, obras maestras de la concisión comprometidas de cabo a rabo con el modelo de agudeza alegórica que se vale del pitillo de Marlene Dietrich y de la sentencia “La Pobreza  es  Fatal” para ilustrar  la pacífica coexistencia del Rico Epulón y su Lázaro de vitrina - verbi gratia la familia de sosiego arquetípico pintada por Julio Mario Santo Domingo, camafeo generosamente reproducido y distribuido gracias al periódico El Tiempo : “Incluso en Suiza, que es un país que se podría citar como ejemplo, hay ricos y hay pobres. Así es que ese cuento de que la riqueza tiene que ser distribuida equitativamente es sólo una ficción sin ninguna base. O sea una utopía, palabra inventada por los poetas”), uno puede siempre figurarse que la Necesidad de dar punto final a la seducción del pulimiento transorgánico incumba a quien consiente la irresistible contratentación del combate sin cuartel y sin tregua en nombre de la discontinuidad de pugnas seguramente poco seguras, precarias a partir y repartir de su propia profusión de garantías, a la vez que acabar con la figura fascinante mientras se agota la proximidad de quien la acaba equivale a seguir hostigándola en el parpadeo infinitesimal de una contienda exapropiada, partida y repartida en sí misma, separada del apremio de sí por arte de un descarte que en el “écart” de Derrida rebasa ampliamente el desdén por la certeza de la cartica añadiendo la digresión del antiguo “excuartare” a los notorios anagramas de “trace y “carte”.

   Singularmente cuando es él quien, casi sin apuro, clandestina o destinovaga, en otras palabras parte el cabello postal en cuatro resaltando un adverbio en la frase aquí arriba ya citada y traducida al interior de una cita de Jean-Luc Nancy, le toucher  : “Ce qui, d’une écriture et proprement d’elle, n’est pas à lire, voilà ce qu’est un corps”, partición asumida en nota al pie aclarando que “si he subrayado ‘propiamente’, es que, aunque comprenda la necesidad pedagógica o retórica, mantengo dudas alrededor de la posibilidad o el sentido de tal ‘propiedad’ de la escritura o de su cuerpo”,  titubeos alrededor de lo que por travieso ciertamente no ignoraba el narrador de La Edad de Oro,  pedagogo y apóstol tan impropio : así como las fuerzas del perdón, quicio y desquicio de lo imposible, letra sin mensaje, runa sin cómputo, el cuerpo atañe a una ilegibilidad ajena a cualquier significado, máxime en beneficio de macroproyectos de reconciliación pública.

 

   Quien lo entrevistó hace ya casi diez años (v. Sonia Muñoz y Sergio Ramírez Lamus, Trayectos de consumo - Itinerarios biográficos, Escuela de Comunicación Social, Universidad del Valle, Cali, 1995) transcribió las respuestas barajando primera y tercera persona sin una sola pareja de comillas. El deslinde entre quien entrevé y quien es entrevisto queda a la merced de un tacto exasperado : “Siempre fui rebelde al Colegio. Algunos de mis compañeros de plantel eran compañeros de padecimiento, rigores o tormentos, pero posiblemente se adaptaban más al tipo de mentalidad o disciplina del San Carlos. Para mi padre era muy importante que yo saliera de ése, el presunto mejor Colegio del país, aunque yo no cupiera ahí. (...) Los amigos del Helvetia eran un poco de izquierda, tenían sus ideas con respecto a la situación social. Alternativas al mensaje tan inculcado de que el mundo es de los vivos, divisa que él mismo alcanzó a repetir, la ley del más fuerte, selección natural como única oportunidad, Capitalismo Salvaje, lo de ahora. Eso lo repetía ante los compañeros del Helvetia, en tanto ellos lo inducían a enriquecer los tópicos, hablar de literatura, de música, de otras cosas. Para mí era una ventana.”

   Aire fresco... a contracorriente del reclamo unánime de tanto periquillo y de la ocasión  darwinista que por única deja de serlo, en la misma entrevista que me acaba de llegar (“al momento de entregar a la imprenta”, informan los ensayistas interesados en señalar discrepancias o coincidencias afloradas a la superficie de textos leídos a última hora que hubieran querido asimilar más detenidamente, dispositivo retórico que, a no dudarlo, tiene la virtud de implicar la concreción del work in progress, ajeno sin embargo a la mera pedantería micrológica que agobia esta robinsonada), ya sin referirse a las que le ofrecieron los amigos de antaño sino para señalar las que urgiría otorgar a los menos favorecidos, si el eufemismo no contradice abruptamente el tono del caso,  pide aliento de ocasiones efectivas : “Pero hay tanta riqueza recuperable desde una perspectiva contemporánea, este toque entre memoria y vanguardia, memoria e imaginación, tradición y experimentación, puntos extremos que cabe unir. (...) Es desalentador ver tantos talentos dispersos, perdidos, sin alternativas serias, hay que ofrecerles oportunidades.”

   He creído escucharle instrucciones que van a lo mismo de manera más equívoca. Antes de El alma de las cosas, en persona, solo, sobre el escenario del Colón, al dar cuenta de las actividades del Colegio del Cuerpo y resumir los ejemplares propósitos de la institución dirigida por Marie France Delieuvin y él mismo : “Lo que hay que distribuir en este país no son riquezas sino oportunidades.”

   Esa noche estallaron ipso facto los aplausos de un público propenso a sintéticas consignas de economía somatopolítica, sin esperar el primer remate del discurso que volvería a hilvanarse después de la obra, a demostración hecha y derecha, y que culminaría en una fórmula de idéntico efecto : “Ésta es la Colombia posible.”

   Asimismo al presentar Camino hambriento y A Dios el Mar, una vez recalcado “el carácter inviolable del cuerpo, espacio sagrado donde acontece la vida”. En ese entonces frenó el palmoteo insertando una variante en alabanza al profuso yacimiento de dotes nacionales señalado como “estrato T”, es decir Talento : “No necesitamos repartir riquezas. Riqueza hay muchísima y todos somos inmensamente ricos. En este país lo que hay que repartir son oportunidades.”                     

   Espinosa resultaría la percha de quien ahora pretendiese encaramarse al más allá de las teorías de Rawls siguiendo los  pasos que Amartya Sen diera en los 80, sea del énfasis en el llamado “estado real” hacia las nociones  de “capacidad” y “oportunidad”, sea de los bienes y del well being hacia la insistencia en los “funcionamientos” (definidos por el pico de oro de la economía global como “los que hacen el ser de una persona” y clasificados en dos renglones : complejos, tales como ser feliz, alcanzar el autorrespeto, participar en la vida de la comunidad - no sin coquetería académica, durante la conferencia de Helsinki, en 1988, el galardonado scholar encontró motivo de complacencia suficiente para listar un cuarto funcionamiento complejo, brillantemente requerido por Adam Smith en la sección de las Investigaciones dedicada a los “Impuestos sobre productos primarios” : aparecer en público sin timidez) - y elementales, tales como evitar la morbilidad y la mortalidad, lograr una alimentación adecuada, etc.... espinas a duras penas perdonables a un estudiante del Helvetia preocupado por aclarar que el reparto de las oportunidades de expresión no exime a ningún explotador de la responsabilidad inherente a devoluciones poco asimilables con una suerte de Idema Espiritual, ansioso por dar a entender cómo el enfoque de Sen se justificaría desde una estrategia tendiente a contrarrestar el fetichismo de los productos primarios, de ninguna manera reservada al consuelo de los terratenientes inclinados a confundir lo elemental y lo complejo de funcionamientos más o menos ontológicos, ni en beneficio de mauvaises consciences sensibles a la perpetuación de injusticias que hace siglos impiden superar niveles mínimos de capacidades básicas por debajo de los cuales no hay talento ni oportunidad que tenga.

   Valga más bien seguir el perfil del chance concedido (si tan poca y escurridiza cosa, casi descosa, puede administrarse desde una instancia que no sea divina, digo kairos, al preferir eventualmente el nombre clásico de la “oportunidad” que la Vulgata trueca por tempus advirtiendo “tempus enim prope est”, “porque el tiempo está cerca” - Ap I, 3)  en términos más adherentes a las contingencias materiales, las del agujero abierto en la pared que la memoria le insinuó al celebrar su refrescante relación con los compañeritos de la izquierda discreta : “Para mí era una ventana.”

   En aras de mayor claridad y ventilación pertinente, aprovéchese la oportunidad como perímetro de una tronera en el mapamundi de las direcciones unánime y magistralmente inculcadas, boquete abierto en escena escolar o jaula televisiva. Objeto en suspenso, no porque pueda ser suspendido sino porque en él y por él es susceptible de abolición la calidad de objeto, desactivadas disponibilidades operativas y trayectos consuetudinarios. Nítidamente enmarcado y de fácil manejo, el marco mismo, otro orificio por multiplicar.

   “Marco de madera vacío asignado a cada bailarín como único accesorio de utilería” : así lo describe el plegable entregado a los espectadores  de Camino hambriento, donde no faltan las palabras de Ben Okri que los bailarines van escandiendo una y otra vez, en obediencia a la loable iniciativa que estriba en transgredir el tradicional mutismo del ballet manifestando a la segunda potencia la carne de lo escrito.

   Así que marco a secas. Muy a secas. De hecho inscrito en alucinado lleco de sûnyatâ, menos polimorfo que prenatal : “En aquella tierra de principios, los que aún no habíamos nacido nos confundíamos con los espíritus. Asumíamos numerosas formas. Muchos éramos pájaros. No conocíamos los límites.”

   Esta desterritorialización etérea (análoga a la beata invisibilidad de los seres de alas potentes que habitan otro relato del escritor nigeriano, Astonishing the Gods) tiene su contraparte en la nostalgia de una segunda categoría de entidades, huéspedes de la misma vacuidad desaforada : “Y nos entristecíamos mucho porque siempre entre nosotros había algunos que acababan de regresar del mundo de los vivos. Volvían inconsolables por todo el amor que habían dejado, todo el sufrimiento que no habían redimido, todo lo que no habían comprendido, y por lo que apenas habían empezado a aprender antes de ser atraídos de nuevo a la tierra de los orígenes.”

   Entre unos y otros, vagos embriones sin ganas de nacer y sombras pesarosas de ojos en la nuca, la moldura manipulada por cada danzante y por la que cada danzante se deja manipular es a la vez espejo inane en que celar una libertad protéica (artaudesco útero de sí, autocoincidencia desenfocada y heterosucción de carnalidad inmune, sin padre ni madre, órganos mucho menos) y ventana a través de la que consumar la libertad en respuesta al Otro (enlace de brazos y piernas, boca, esfínter anal, vagina, poro, llaga, letra), erinas de la herida del Yo separando y conectando azar y determinación, impulso evasivo y pantallazo de modelo, proyecto y obra, parergon y ergon.

   Los marcos de Camino hambriento, así como el escaño, el sombrero, las llantas, la atarraya, la canoa y las máscaras de  El alma de las cosas, el claro del bosque, el bosque de Riaño, la entera Plaza Ceremonial y sus alrededores, por no hablar de otros escenarios, serían objetos y espacios transicionales.

   El término procede de los análisis llevados a cabo por Winnicot durante la primera mitad del siglo pasado, cuyos resultados hace tiempo me socorrieron en el intento de aproximarme a las metamorfosis de los modestos artefactos utilizados en dos montajes de Eugenio Barba (espada y miembro viril bastón de invidente, puerta barca y sexo, mejor dicho, vasija rota pecho traspasado : definitivamente, indefinitivamente, al otro lado de semia y polisemia, al otro lado del otro lado, donde todo copula, resaca elíptica, no hay una sola cópula posible - ser ni de fundas, fundas ni de ser : “¡Mi reino por una cópula !”, clama el ser desvalido, despojado de su metáfora, en suma y en resta sin medio de transporte - ¿a qué gran filósofo se le ocurrió reemplazar en todos los tratados de filosofía el verbo “ser” por “estar arrecho”, être por bander para ser exactos ?)

 

   En el capítulo de Trayectos del consumo reservado a la interpretación de las entrevistas, antes de observar que “el colegio invade y perturba con su mensaje competitivo y capitalista básico, prolongando exigencias tercas e insensible del padre”, el entrevistador toma nota de “la ruptura con el modelo que representa el progenitor.”

   ¿Cuál progenitor ?

   El mío, que en paz descanse, jamás escatimó a su hijo la oportunidad de identificar el punto de una bala bien hincada : en la isla de San Andrés, por ejemplo, cuando me regaló piquitos de colibríes hundidos en  la plasta solar de un plato de polenta con gli uccellini, gozaba aún de la puntería que durante la retirada de Rusia le había valido el apodo de Parabellum.

   El suyo : “... el padre era cazador. Recuerdo haberlo acompañado muchos fines de semana a esas cacerías que yo odiaba.”  

  

   Si hoy, 10 de ocubre,  me sobrepusiera al torpor de estólido lorito iterativo que me prohibe las alcándaras de Bogotá, ciudad abierta e ignota, me precipitaría hacia la conferencia de Fabio Buriticá pues, en vista de una ponderación de las ambigüedades que suelen acosarme al amanecer y al ocaso del sentido de lo que voy escribiendo, provecho le sacaría, a no dudarlo, según deja creer a pie juntillas el trasunto : “A partir de las nociones de objetos y espacios transicionales formuladas por el psicoanalista inglés Donald W. Winnicot, se emprende un análisis de las estructuras del autismo infantil y de la violencia política en nuestro medio, en relación con la construcción de espacios tendientes a su integración a las estructuras económicas, sociales y culturales. Dichos espacios se asumen como ‘zonas de distensión’, configuradas, desde los planteamientos winnicotianos, como ‘espacios transicionales’.”         

   A falta de la audacia suficiente para acercarme al Auditorio del Instituto de Ciencias Naturales de la Universidad Nacional, donde se desarrolla el simposio “¿Cómo Voy Yo Ahí ?” - La disputa por el objeto y el  lazo social, resignado a un somero repaso de los Collected Papers que retraduzco del gabacho de J. Kalmanovitch, sin pretender perseguir la arborescencia deductiva hasta un cotejo con el imaginario lacaniano al respaldo de los espejismos mediáticos inherentes al proceso de paz y al objeto identificatorio nacional con su joroba de soberanía perdida, no me queda sino deducir que a través de la encrucijada paradójica convertida por Winnicot en objetivo de investigación clínica (fiel a su declaración ante los miembros de la Sociedad Psicoanalítica Británica, el 30 de mayo de 1951 : “Lo que estudio aquí es la esencia de la ilusión, la que es permitida al párvulo y que es propia del arte y de la religión en la vida del adulto”), se intersecan algunos de los fenómenos transicionales elaborados en Camino hambriento : entre Yo representado y Alieno irrepresentable, la ausencia de bordes de los tejidos parergonales se sutura por acumulación de articulaciones comunicativas cuadradas a la misma medida, marcos, ventanas, jaulas, pantallas, erinas y espejos unánimes sumándose uno encima del otro hasta sumergir al bailarín que paulatinamente desaparece, en el vientre del que se resiste a nacer y en el cajón del que ya murió sin haber nacido.

 

   Por la emisora de otra universidad  Jerry Medina y el grupo Tolú repiten : “Quítate de la vida perico.”

 

   Falta la última respiración, hacia el centro, la del Aire. Los bailarines se acercan. Me levanto, fascinado. 

 

   Había dicho : “En Para un funámbulo Jean Genet profundiza esa relación con el monstruo de mil cabezas que es el público. Este texto es básico para comprender la experiencia del escenario. En el fondo el público desea el fracaso, la caída y muerte del equilibrista que lo hipnotiza. El reto del funámbulo es poder fascinar, dominar esa masa amorfa.”

   De la masa amorfa a la morfografía del cuerpo múltiple, que la volatería transicional comprometa al implacable cazador de desequilibrios hasta removerle el deseo de control sobre las mil cabezas de una entidad tan colectiva cuanto el Homo Gestalt de la misericordia embrujulada,  borrando la frontera entre tanatofilia de fascinus fachista y mortificación de sí, vendas dominantes y bandement de narcisismo autofágico, lustre de grandeza y humillación lustral, justamente mientras el maestro de  las  maromas aconseja “vigila para morir antes que por aparecer -veille de mourir avant que d’apparaître-, y que un muerto dance sobre el hilo”, es lo que me gustaría comprobar recitando los renglones de Glas que en el descuajado ejemplar salvado de las aguas se ven oprimidos por un garabato marginal trazado con fruición de benedictino circense (una cabeza de labios azules y hocico culminante en clamoroso  fresón  de  glande descapuchado)  :  “La  Muerte  toma  el  lugar  de  la vigilia -veille-, en otras palabras de la Virgen. Es por ella y en su nombre que ha de templarse el hilo y el funámbulo fascinar (‘no vienes a divertir al público sino a fascinarle’ - la palabra fascinar  se  repite tres veces),  danzar,  ponerse  arrecho, procurar  la  arrechera  ajena  -bander, faire bander- (‘¡Y danza ! Pero ponte arrecho. [...]. Ponte arrecho y procura la arrechera ajena.’) En el momento del narcisismo absoluto. (‘Ponte arrecho, y procura la arrechera ajena. Este calor que sale de ti, e irradia, es tu deseo de ti mismo - o de tu imagen -  jamás  colmado.’  Es  a  la  muerte  y  a  la  vigilia todavía que la fiesta es dada - como presente (la vigilia - desde ya - en mi lugar). La muerte tomando el lugar de la vigilia, la denegación pone al futuro (lo) que jamás habrá sido presente.”    

   Es de esperar que la “nueva ética del cuerpo” promovida por los directores del Colegio   responda a un eretismo tan poco mistagógico como el de Genet, a lo mejor en la margen de los métodos de hipnoterapia cuya renovación corresponde al lapso hipnótico explorado como atención extremada, una responsabilidad fisiológica sin veleidades terapéuticas que convierta en rendición la omnipotencia del mago (trocar “hipnotizador” por “gregoreuta”, del griego gregorein, “estar despierto”, “despertar”, así como “sueño hipnótico” por “vigilia paradójica”, es la propuesta de François Roustang), alerta singularmente mortificante en todo lo que atañe al colectivismo somatopolítico, la antorcha de las olimpiadas consensuales  y el estandarte de una corporeidad que discurre “para enarbolar la compasión como una brújula que nos conduzca hacia la solidaridad, el perdón y una visión de futuro posible para todos... Compadecer : padecer con el otro. ¡Miserere ! ¡Miserere !”      

  

   Se acercan todavía más.  

   Ella sigue sentada.  Siempre le costó mucho trabajo aparecer en público sin timidez.

   Le digo que no aceptar la invitación sería como asistir a misa sin comulgar. La tomo de la mano, casi la obligo a seguirme.

   Intento imitar los movimientos de los demás, procuro que mi hálito se una al concierto de piadosa respiración unánime.

   De cara a los que no se han parado y siguen observando, descubro la misma sonrisa insulsa que me distingue en la foto de grado del San Bernardo.

   Con las manos en alto levanto la mirada (no debería hacerlo, supongo, así como no debería interrumpir la serie de movimientos alterando el ritmo respiratorio para sacar el papel y ponerme a escribir), justo en el momento en que, muy arriba, encima de mí, titila el punto de una cometa.    

  

   Hoy, domingo 12 de septiembre, sueño que ha entrado a la nueva casa el maestro, madre y padre míos.

   Hay también un joven estudiante. Me complace que sea testigo de la prestigiosa visita.

   Se queja de un dolor en la espalda y le hago un masaje, como se lo hice a ella antes de dormirme, la que me hace saber que el maestro le ha pedido el favor de bajar al primer piso.

   Para mostrarle el panorama levanto orgulloso la cortina que cubre el ventanal de la sala : en lugar de automóviles y edificios una extensión desierta, no propiamente de detritos o ruinas que dejen suponer previas monumentalidades, ningún ground zero, simples materiales de construcción de segunda mano, hasta el horizonte de un bello atardecer. “Ustedes son una pareja muy unida”, observa, como si ésa fuera la conclusión del espectáculo.

   Quiero exhibirle también la insólita edición española de algunos escritos de Benjamin, dos volúmenes de lomo gris. No estoy muy seguro de que sean dos. Los confundo con La fine del mondo - Contributo all’analisi delle apocalissi culturali. Los busco inútilmente.

   Que sepa por lo menos con qué devoción he reordenado todas sus obras. Pero no las encuentro en ninguna parte.

   “Je n’ai   pas  de tête”, le digo entonces.

   Él me aclara : “Tu es un spectre.” 

   Decido preguntar a la mujer por esos libros, pues no me imagino qué podría seguir escribiendo sin ellos.

   Atraviesa el patio. Está a punto de irse. Lleva puesto un abrigo bruno que no le conocía. Parece ignorar la presencia del maestro.

                                                                              

 

                                                                              Bruno Mazzoldi    Bogotá. 12.10.03

                                                           Apéndice 1                                                                                                                                                                                  

 

20.11.03   La enfermedad del ángel

Ser para la muerte - Bach con Heidegger - sacrificarse rugiendo - 35 caracoles (Strombus gigas) - uno solo se resiste a ser volteado como los demás - ante la anomalía, destello del niño que se arregla la camiseta - columna / cascada /  jaula / campana / tules de bronce / alas / ascensor angélico -  pasarse la mano por calvicie y cara - 2 varas de rabdomante / tibias / antenas / catalejos / globos oculares enucleados y extendidos / zancos / palos de golf  recortados / bastones - “jicoteita ven a barrer” -  “jicoteita ven a jugar” - sillita en hierro forjado con caracol de ojo roto - oscilación de las antenas - oscilación de la sillita - dedos como teclas - cuerpo mueble - cargar al niño - cargar la sillita - en equilibrio sobre la coronilla la vela / el caracol - los pies estrujan el piso sedoso - marimba de caracoles - “borrico” - “periquillo aguatero” - “pepino” - “embudo” -  “navío” - irse a pique - el mar, lo más alto - cuerpo  transgenérico, transujetivo, castísimo - castidad negra - no puede robar nada 

 

21.11   Rebis

Sahumerio chamañoso en el Colón - huevo cruzado en escenario vacío - lima  / chicharras / respiración - ca-Lor-ca-Lor-ca - vasija / vientre - traza un  grimorio - toma y se echa agua luminosa - vomita  - cabeza en vasija - ¿cuál “simbología alquímica medieval” ? - ¿quién vio al prometido andrógino ?  - además en homenaje a Lorca - Estrato Doble T : truculento y turístico

 

03.12.3   La noche de la hormiga

El agua - butaco - mesa / altar / mostrador de expendio callejero - cabecitas blancas una encima de otra enjauladas en dos estantes - cuelgan dos tenedores / rastrillos / uñosas manos de madera - la sombra de un gancho pendiente cae sobre el cubo blanco que tiene encajada una cabecita roja - utilería cositera - encima del cubo una techumbre de astillas - a espaldas del altar de craniecitos enjaulados una silueta con sombrero de mimbre indonesio - resuenan los cañutos colgantes del sombrero oriental de otro personaje - el sombrero queda muy arriba colgado del gancho - cosmogonías desana y kogi, las más difusas en el horizonte de los requisitos básicos de la identidad nacional - canoa de luciérnagas y astillas - Axpicon Diá y Aluna - la bolsa de Pandora llena de hormigas nocturnas - cabeza en bolsa - rejilla triangular / sombrero / proa de canoa-culebra - elevación eucarística de la cabecita - idioma indígena - coro de monjes budistas - goteo - trueno - birimbao - cabeza en canasto - esfera de cristal - coral-cerebro en equilibrio sobre la cabeza - a desnudarse - cabecitas fálicas - sobre la pantalla transparente, del agua al velo - bueno para la tele

La tierra -  hombre telúrico - otro desnudo - sigue colgado el exótico sombrero de cañutos sonoros - a cargar colmillos -  bailan las cosas, los bailarines se cosifican - tibias / bulbos oculares - construcción de un dios espectacular - movediza frontera entre descreste y fe - macana / compás / yugo / alas / bordón - revolcarse en el libro - v. Martí : Nené traviesa - el colonizado aprende a leer / tocar - se viste de lo que lee / toca - ciego - uñas de acero - cabeza en bolsa - cogulla de fibra vegetal - se embetuna - en posición de firmes una y otra vez - el soldadito enciende su propio pecho - se sacrifica - llaga / llama se apaga en la negrura del militar martirio

El fuego y la sangre - escaleras - escaparates - calabaza fálico-fecal en entrepiernas - 2 horribles mujeres castigadoras - dolorosas reinas perras de Gironella - hora llamas hora brasas en 2 pantallas - 2 coronas de espinas - 2 bastones al cuello - empuñaduras de fauces doradas - aluvión de rasos rojos - escalinatas menstruantes - traseros y jorobas acolchadas - Delieuvin más tesa que hierática - cargar el butaco sobre la cabeza - flamenco - saeta - letanía de la carne  divina,  demasiado divina - “el brillo de las uñas de / entre los gluteos de / la oscura vagina de Dios” -  pupulus -  traspasar con alfileres el muñeco / bálano cefálico - transverberar el libro rojo con la espada sacada del bastón - el volumen guarda la baraja / abanico de rostros de tanto hijo muerto - jactarse de las verónicas e insertarlas al revés en botines de archivo - ajado culo de bruja al aire - norma general : cuerpo masculino glorificado, cuerpo femenino grotesco, cuando no monstruoso

El aire y la memoria : summa - Restrepo, el anciano progenitor en persona, de piernas cruzadas sobre un columpio detenido allá arriba, todo de blanco, inclusive el panamá, lee “las siempre iluminadas palabras de García Márquez” que relatan el brote y el fin de la famosa peste del olvido - otra cogulla de fibra vegetal - aquí abajo prenda por prenda desvestir al hijo  - juego de gage,  peños,  prenda quitada - deprendarse, se des-engager, desempeñarse y descomprometerse -  regresan los personajes de las secuencias anteriores - otro vómito - cuando era niño las cacerías de los domingos - perro de su padre - manos trémulas simulan el aleteo agónico de la perdiz que le tocaba rematar - brújulas son escopetas - pero tout va très bien Mme la Marquise - empata su souvenir con el de Colombia - Gloria Triana reciclada - un globo de adivina capitaliza la triunfante unitotalidad  - “el hilo de tensión entre la memoria individual y la memoria colectiva ancestral” tiene su ovillo en el retorno de la oronda esfera de cristal - sobre ese hilo el funámbulo especula, no se da la pena de soportar la telecruz del mapamundi unánime para echarla al basurero, sino para hincarla mejor en su joroba de Sisifo - manto imperial / campana de cabuya - emerge la cabeza voladora - se presume derviche cósmico - espejo del mundo - risus paschalis : gran final cálidamente calculado con estruendo de campanas efectivas acompañando y avivando las ovaciones del público que se ha puesto de pie - una y otra vez el hijo sonriente devuelve los aplausos al paterno portavoz del Premio Nobel suspendido en su anuncio publicitario celestial  - en serio - unión hipostática - domingo de pascua - resurrección de la perdiz - en summa theologica, de aquí al festival mundial de Hamburgo lo que leería la gitana : los campanazos de corpuspeculumundus celebran el tráfico aéreo de la latinización universal cerrando el anillo saturnino de la auto-salvación capitalista -  requetecomplacidas apariencias muy alejadas de la arrechera de Genet  -  test del Icfes : sin pretender dos pájaros de un tiro ni desplumar uno y pico,  a las palabras “novela”, “escritor” y “García Márquez” en los siguientes renglones sobreponer las palabras “danza”, “coreógrafo”, “Periquillo Nacional” -  “Se  trata  de  la  novela  de  un   escenógrafo  o  de   un    utilero                -costumista-, escrita con gran vitalidad y con el desparpajo del tradicional manierismo barroco latinoamericano, casi para uso y consumo de alguna gran casa cinematográfica norteamericana (si todavía existen). Los personajes son todos mecanismos inventados - ocasionalmente con espléndida habilidad - por un guionista -sceneggiatore-: poseen todos los ‘tics’ demagógicos destinados al éxito espectacular. (...) Sin duda alguna García Márquez  es un burlón fascinante, tan es así que todos los mensos han caído en la celada -é indubbiamente un affascinante burlone, tanto é vero che gli sciocchi ci sono tutti cascati- (...)  Los críticos literarios tienen que tomar buena nota de un nuevo ‘género’ o técnica que a estas alturas ya pertenece históricamente a la literatura : el guión -sceneggiatura- cinematográfico y también el llamado ‘tratamiento’ -trattamento- (...) Sin embargo, la mayor parte de los guiones  y de los tratamientos son pésima literatura. Literatura indigna. ¿Por qué ? El primer acto del escritor de guiones es identificar al lector con el productor. Aquel que debe colaborar con el autor para ‘transformar’ en la imaginación la escritura lingüística en escritura cinematográfica es, por ende, el que paga. El destinatario de la obra es, una vez más, el patrón. Ahora bien : la mayor parte de los escritores cinematográficos provienen de la élite cultural : por lo tanto son personas que tienen la obligación, yo diría que social, de considerar al patrón como un idiota, un semianalfabeto, un hombre despreciable. Al mismo tiempo sin embargo han de lograr que su obra le guste. Pero en el momento en que el guionista identifica al productor con un destinatario ‘idiota, semianalfabeto y despreciable’, sólo tiene una manera de convencerle : degradar su propia obra. Y la inocente captatio benevolentiae que todo autor, en diferente medida, utiliza para conseguir la colaboración del lector, termina por convertirse en una operación inmoral, que implica al autor en la degradación que con bajeza ha planificado. La colaboración del autor con el lector-productor, por lo tanto, tiene los caracteres de una abyecta complicidad. (...) Semejante esfuerzo por simplificar, reducir, desdramatizar, por hacer que todo resulte comunicable y sin problemas reales, termina convirtiéndose en una forma atroz de adulación al patrón ; con quien el guionista - por decirlo en sus propias palabras - ‘se convierte en rufián’, incluso despreciándole, y acaso precisamente porque aquél le obliga a una conducta miserable.”  Pier Paolo Pasolini, “Louis-Ferdinand Céline, Il castello dei rifugiati - Gabriel García Márquez, Cent’anni di solitudine - Giuseppe Berto, Oh, Serafina !”, en : P. P. P., Descrizioni di descrizioni, Garzanti, Milano, 1996 (Tempo, 1973), 174-179, 176-178 - Cfr. trad. Atilio Pentimalli, Península, Barcelona, 1997, 66-71, 68-70.       

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