opinión

EL PUBLICISTA

 

Por: Andrés Octavio Torres Guerrero

 

Es peligroso abrir grietas en los afectos humanos. No porque rompan mucho a lo largo y ancho, sino porque se cierran con mucha rapidez.

Nathaniel Hawthorne

Salió a la 26. Buscó un teléfono público en Colsubsidio. Marcó a la casa de ella. No estaba. Intentó distraerse comprándole una agenda. Se habían conocido el anterior semestre en clase de Psicología Evolutiva III. Tanto Liliana como él, eran estudiantes de la universidad Distrital (Bogotá). Ella, 21 años. Piel blanca. Cabello largo y fino. Mirada vacuna. Actitud felina. Sexto semestre de licenciatura en Español e Inglés.

Él, último semestre de lingüística y literatura, 23 años; actitud recatada y aburrida. A Liliana le divertía su formalidad prosopopéyica. Él vivía solo, en un pequeñísimo apartaestudio del barrio Teusaquillo. Sandra solía quedarse los fines de semana. Asdrúbal era adicto a ella. Sufría los días que no estaba a su lado. Su apartamento había dejado de ser la fría catacumba de ermitaño (en la que durante tanto tiempo pernoctó), y se había transformado en una tibia y húmeda caverna, impregnada por la suave y generosa piel de Sandra. 

Asdrúbal se encerraba en los veintisiete metros cuadrados a consumir y ser consumido por ella. A veces sentía su morada como un fumadero de opio en la que su voluntad se adormecía entre los pliegues de ella. Sandra se entregaba a él con una fría actitud de AQUÍ ME TIENES, MIRA A VER LO QUE HACES. Ella disfrutaba pero nunca quedaba satisfecha. Asdrúbal lo hacía rápido como si se estuviera masturbando con las imágenes de un comercial.

Llegó el final del semestre y Asdrúbal viajó a su ciudad. Un mes al lado de la familia. La llave del apartaestudio se la dejó a Sandra (por si quería ir y cambiar de ambiente). Su estadía en Pasto fue tortuosa (la extrañó de manera obsesiva). Adelantó su viaje con diez días de antelación (pretextando que las fechas de oficialización de matrícula se habían adelantado). El mismo día que viajaba a Bogotá, llamó a Sandra (no le dijo nada de su llegada. Quería darle la sorpresa). La flota de Bolivariano salió a las nueve; como había presupuesto, llegó al módulo amarillo, poco antes de las cinco de la mañana. Tomó un taxi. Abrió la puerta y encontró a Sandra metida en la cama con un tipo mechudo. Ninguno de los dos se percató de su llegada.

Salió encalambrado. Llegó a la Caracas, entró a la estación de Transmilenio de la 26. Tomó la ruta 1 hacia el norte. En la 170 hizo un transbordo (ruta 3 en sentido contrario). En la estación del Tunal, subió a la ruta 2, sentido norte. Para cuando se bajó en la 76 y abordó el 10, y se bajó en la estación de Las Aguas, eran las siete y treinta. Quería tomarse algo. Entró a La Normanda. Pidió varias cervezas. Fue hasta la Luis-Angel Arango. Compró en Exopotamia el Bunde Nebuloso de Monsalve. La llamó desde la biblioteca, primero a la casa de su papá (Sandra era única hija de padres separados. Su mamá un año atrás era residente en Estados Unidos, así que vivía con su madrastra y sus dos mediohermanos). Preguntó por ella, la madrastra (como él solía decirle), le dijo que no estaba. Llamó a su apartamento, contestó ella. Él actúo como si nada. Sandra presuponía que él estaba en Pasto; cuando le dijo que la había llamado a su casa, y que presintió que estaba en el apartamento, y que ahora mismo estaba en el Terminal, Sandra puso-el-tono-de-emocionarse-montones. Mi amor acá te espero, le dijo ella.     

Sandra estaba con el cabello mojado. Se abrazaron. Ella entonces le dijo cuéntamelo todo. Él sonrió con cierta amargura. Desayunaron. Ella le ayudó a deshacer la maleta. Luego la penetró con furia. Optó por no hacerle ningún reclamo, temía perderla. Por esos días releyó en secreto Amor conyugal de Moravia. Pero una rabia lenta y sorda comenzó a apoderarse de él. Jamás habían gozado del sexo como por esos días. Asdrúbal, la trataba como a una puta (bueno, como “supuestamente debería” tratarse a una puta, porque él, nunca había estado con una de ellas).

Semana Santa. Unos primos lo habían invitado a una finca. Aceptó, pensando en que ella lo acompañaría; le comentó, pero Sandra tenía que dedicarse a estudiar. No le creyó. Igual le hizo saber que viajaría desde el lunes hasta el domingo. Llamó a Pasto (les dijo a sus papás que iba a viajar con unos amigos a una finquita del Neusa. Se disculpó ante sus primos). Esos días fueron aciagos. Se despidió de ella en su apartamento, y por supuesto, le dejó la llave. Tomó un taxi que lo llevó hasta el hotel Lima (Parque de los Periodistas, diagonal al ICFES). Arregló el precio por cinco días. No tenía muy claro qué estrategia iba a seguir. Esa mañana comenzó a leer a Stendhal en Rojo y Negro. La verdad, la amarga verdad, se dijo, mientras en la televisión Sophie Ellis Brexton bailaba sensualmente.

A medio día estaba hambriento y aburrido. Almorzó en una de las pescaderías de la carrera cuarta con 20. Se dio una vuelta por La Candelaria. Pasó por la casa de José Raimundo Russi, Silva, Vargas Vila y Pombo. Bajó hasta Teusaquillo, se instaló en una panadería y cafetería (diagonal al edificio). Por fortuna, su apartamento no tenía vista hacia la calle. Si Liliana estaba, no podía verlo llegar o salir del chuzo aquel. Eran las seis de la tarde. Pidió una cerveza. A las ocho, ya se había tomado cinco y cada vez estaba más deprimido. Dio una vuelta por el barrio, caminó media cuadra y se sentó en una de las bancas del Parque Armenia. Su ángulo de visión no era el más apropiado, pero podía ver quién entraba o salía del edificio. A las nueve decidió marcharse.

Al día siguiente, a las siete de la mañana, se instaló en el parque. Si Sandra Liliana había llegado más tarde acompañada del tipo aquel, era posible que salieran alrededor de las ocho. A la diez llamó a su casa. Contestó la madrastra. Colgó.

En la tarde entró a la Cinemateca. Salió a las seis. Se instaló en una de las bancas del parque. Llevó consigo Rojo y Negro para esconder su rostro entre sus páginas. Esa noche desertó antes de las nueve. El miércoles sólo hizo vigilancia por la mañana. El jueves se levantó muy tarde. Estaba cansado de esa madrugadera inútil. Quizá Sandra Liliana sí estaba estudiando, lo cual por supuesto no excluía que no pudiese estar tirando (en algún motel, o en algún otro sitio de Bogotá o Cundinamarca). Esa tarde se metió a la Cinemateca a ver QUO VADIS. Salió a las siete. Pasó por la misma acera del edificio (estaba tan convencido de que Liliana no iba a ir, que decidió entrar). Encontró el apartamento tal cual lo había dejado. Apagó la luz, se recostó en la cama. Quiso llamarla, decirle que había llegado (aunque la maleta estaba en el hotel, podía decirle que se le había olvidado en el carro de su tía). Quería estar con ella. Estaba decidido a llamarla, pero de pronto, sintió la voz de Liliana en el corredor. Por un instante se emocionó, pero inmediatamente se dio cuenta que ella no venía sola.

Se metió debajo de la cama. Sigue, le dijo ella. Liliana fue hasta el baño. El tipo aquel, prendió un cigarrillo. Puso un disco de Gilberto Santarrosa en la grabadora. Ella salió del baño e inmediatamente se quitó los pantalones. El hombre comenzó a decirle vulgaridades. Por el acento y el timbre de voz (¡de algo tenía que servirle las clases de fonología!) era un tipo costeño, cercano a los cuarenta o quizá en los cuarenta (por supuesto no era el mechudo de la vez pasada). Segundos después la cama se hundió. La embestida fue salvaje. Asdrúbal tuvo que soportar durante dos horas los jadeos de su novia siendo cabalgada por un cow-boy de la costa. Esa noche se trago todo el polvo literal y metafórico que se merecía por estúpido.

En la mañana, antes de las ocho, cuando él ya estaba tullido por la incomodidad y el frío, se repitió la faena. Liliana gritaba como una posesa. El hombre, ciertamente, sabe cómo hacerla gozar, pensó tímidamente. Su angustia era ahora salir del apartamento sin ser visto. Además tenía una meada de caballo que ya no la aguantaba. Liliana le preguntó a Henry (así se llamaba el sujeto en cuestión) si quería desayunar. Sí, pero no puedo demorarme, tengo una cita con una gente de la universidad a las once. Ella solícita salió a la tienda. El hombre tumbado en la cama se dedicó a fumar. Luego entró al baño, cuando sonó la ducha, Asdrúbal escapó de su propio apartamento. Llegó hasta la puerta, miró que Liliana no viniera y echó a correr. En un árbol del parque orinó.

Fue hasta el hotel. En el restaurante aledaño a Residencias Beirut, desayunó. En la tarde fue a ver una película en la Antigua Calle del Agrado. Al termino de la cinta, entró al baño. Se concentró en los graffitis a medio borrar que estaban en la puerta. Estuvo tentado a escribir una imprecación contra Liliana. Pero para qué hacerlo en una anónima puerta, si lo puedo hacer en Internet, pensó. Bajó hasta la 19 entre carreras décima y trece. Compró varias revistas pornográficas. Se cambió del hotel Lima al hotel Medialuna (carrera octava con 19). Esa tarde se dedicó fundamentalmente a dos actividades: 1) Estudiar el material que había comprado. 2) Hacerse la paja.

En la noche salió a visitar iglesias. Estaba triste y agotado. En la madrugada vio películas pornográficas, mientras pensaba en posibles títulos para la página Web que iba a hacerle a Liliana. Tenía varias opciones:

telavoyaponerdura.com, perraencelo.com, o notedetengaspapidamemasduro.com.     

En la mañana la llamó a su celular (le dijo que ya iba en camino). Ella quedó de pasar por la nochecita. Llegó casi a las nueve. El domingo, Liliana se fue temprano. Asdrúbal aprovechó la tarde y toda la noche para elaborar la página. Recortó algunas fotografías porno, que incluyó en el portal, y anexó los siguientes datos de ella: nombres y apellidos. Edad. Medidas (92 65 94). Pantalón (talla 10). Brassier (34 b). Estatura (1,62). Cabello: negro. Ojos: cafés. Dirección de residencia. Teléfono. Celular. Correo electrónico. Universidad, Facultad y Carrera a la que estaba adscrita (especificando el semestre que cursaba). Portafolio de servicios. Atención a domicilio.

Pensó que el texto que acompañaría los datos de Sandra L., tenía que estar inscrito dentro de los cánones establecidos y estandarizados por la retórica del marketing libidinal que manejan las revistas, las películas, las líneas calientes y los sitios en Internet (esto como para evitar cualquier tipo de huella discursiva). Escribió unas líneas muy convencionales, realizó un esquema general de cómo irían las imágenes, los datos y las líneas promocionales.  Diseñó la pagina y la grabó en un disquete en formato html. Al día siguiente entró en un café Internet. Ingresó a un servidor gratuito y montó el sitio. A las nueve y cuarenta de la mañana, ya existía el Website de Liliana:

 WWW. buscomachosquemelahundan4t.com

Pero la página necesita publicidad. Elaboró un texto que posteriormente pegaría en las puertas de los baños de ciertas instituciones educativas. El aviso decía:

¡PRUÉBAME!

SOY UNA

MAMACITA INSACIABLE     

    HARÉ REALIDAD TUS FANTASÍAS

En el borde inferior de la hoja adjuntó: datos personales, dirección de residencia, teléfono, celular, correo electrónico y página Web. A las diez compró unos guantes de cirugía en el LEY de la séptima con 23. Tomó un taxi hasta la biblioteca Luis-Angel Arango. Compró varias tarjetas de fotocopiado. Sacó mil copias del anuncio. Ingresó a los baños de la biblioteca y los pegó en las puertas. Se dirigió al Externado. En uno de los baños de la Facultad de Comunicación, aprovechando que no había nadie, dejó en uno de los bordes del lavamanos más de cien copias. Antes de la una, ya había visitado la universidad de los Andes, la universidad Central, la Jorge Tadeo Lozano. Fue hasta la Distrital, primero a la Macarena B y posteriormente a la A, precisamente en esta sede, tenía clase de 1 a 3 de Sistemas Educativos Comparados. Antes de ingresar al salón, pegó las hojas en los baños de la planta baja, y dejó en uno de los mesones del lavamanos, al menos trescientas fotocopias. 

El profesor no llegó. A las tres y veinte salió de la universidad. Se dirigió a la Javeriana, luego a la Pedagógica y finalmente a la Nacional. Los guantes y el Pegastick, los botó en una caneca de la Nacho. Regresó al apartamento antes de las ocho. Diez minutos después, ella lo llamó desesperada. 

El martes se encontraron a mediodía en Terraza Pasteur. Esa mañana, Asdrúbal fue a clases. Todo seguía igual (un compañero le hizo "conocer" el volante). Intercambiaron comentarios. Nadie en la universidad sabía que Sandra y él eran novios, ella siempre le había exigido total discreción. Para cuando se encontraron en Terraza, Sandra había tenido que desconectar el teléfono de la casa y apagar su celular. Estaba nerviosa e indignada. Esa semana no fue a estudiar. Canceló su cuenta de correo, mientras su papá se encargó de poner el denunció ante las autoridades competentes; mandó a reemplazar la línea de teléfono, y el número del celular fue modificado. La casa era propia y no iban a ponerla en venta por un pasquín. La página Web sería borrada pero los trámites demorarían. En la Distrital, Sandra Liliana era el tema de conversación (quién sabe hasta cuándo).

Asdrúbal estaba tranquilo, 1) Liliana no sospechaba de él, y 2) nadie podía rastrearlo. Sin embargo, una cierta incertidumbre lo perseguía. Si bien había actuado conscientemente en contra de Liliana, no sabía qué rumbos podría tomar la avalancha que había generado, ni qué o a quién, se llevaría a su paso (ni en qué forma). Quería joderla, eso no tenía discusión, pero el hecho de no saber qué podría pasar, lo conflictuaba. Había actuado precipitadamente cegado por el odio. Pero ahora que miraba a una Liliana frágil y solitaria, se sentía confundido.

Las semanas pasaron y nada de extraordinario sucedió. En la universidad ya nadie volvía sobre el hecho. Liliana, pasó del apego momentáneo hacia Asdrúbal, a una cierta apatía. Los fines de semana se volvieron más largos y tediosos sin ella. La siguió llamando pero era obvio que se hacía negar. Asdrúbal la buscó en la universidad, hablaron, finalmente ella le dijo que dejaran las cosas así.

Un viernes en la noche, mientras él hacía fila para entrar a la Cinemateca, Liliana pasó tomada de la mano del mechudo. Volvió a su pequeña cueva, sabiéndose prisionero de un bienestar mediocre (pero seguro). Buscó en un periódico la página donde se publicitan los prostíbulos. Algunos tenían dirección electrónica. Ingresó a un portal donde estaban las fotografías de las chicas. Asdrúbal no quería perder tiempo. Llamó y preguntó por las tarifas y la manera de pago. Se decidió por Cindy. De diez a quince minutos ella estará en su apartamento, informó la operadora. La esperó en la puerta de calle. Un Mazda se estacionó. Cindy bajó del auto, preguntó por Asdrúbal. La tarifa con el conductor, le dijo. Asdrúbal le pasó el dinero. El hombre verificó que todo estuviera en orden y se marchó.

Ese mes Asdrúbal se iba a quedar sin un peso, pero al menos iba a sobrevivir a esa noche. Cindy tenía un cuerpo hermoso, un rostro duro, una actitud coqueta y distante. Al entrar, ella tomó la iniciativa. No hablaron. Luego Cindy entró al baño, mientras Asdrúbal se reprochaba haber pagado una fortuna por echarse un polvo de escasos treinta segundos. Al salir, ella se dedicó a observar los libros que estaban sobre la mesa del computador. Asdrúbal le ofreció una copa de vino. Apagaron la luz, se metieron entre las cobijas y conversaron con la fría tranquilidad de saberse ajenos el uno para el otro (en medio de la oscuridad). Antes de amanecer, Asdrúbal la acarició con ternura, le hizo el amor.

A las siete de la mañana Sandra Liliana, abrió la puerta, miró a Asdrúbal y a la mujer dormidos. Cerró con cuidado. Salió al frío de la mañana. Tiró la llave a una alcantarilla. 

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